El agua lava la sangre Por Rodrigo Araoz

Apareciendo de la nada, solo con un corto prácticamente desconocido en su haber, Lisandro Alonso tiene un debut inusitado y justamente alabado en el festival de Cannes. A partir de allí, e incluyendo el corto Dos en la Vereda, sus películas han tenido ciertas constantes pero también sus diferencias; como si su filmografía fluyera por un mismo cauce y estuviera destinada a moverse, estuviera condenada a cambiar.

Los muertos, estrenada en 2004, es su segunda película. ¿Qué universo nos presenta Alonso en ella? Uno que adolece de certezas. La realidad es que muchos de los datos que normalmente se citan y suelen dar por ciertos de la película provienen del paratexto, de informaciones que exceden por mucho a la película. Sin embargo hay un puñado de evidencias: estamos en algún lugar del litoral (se menciona a la provincia de Corrientes), el protagonista se llama Argentino Vargas y deja la cárcel para ir en busca de su hija en una canoa que alguien le ha prestado. No mucho más. Alguien comenta que Vargas ha matado a sus propios hermanos, pero no lo sabemos.

Si bien el título aparece sobre el final del film, la muerte lo hace mucho antes. La primera escena es un largo y extraño plano secuencia, extraño en cuanto inusual pero también a la sensación que produce. Es un plano muy cerrado que flota sin rumbo a través de un denso follaje mientras escuchamos un intenso sonido compuesto por los ruidos característicos de la selva. En eso aparece el agua, primero como un sonido, después en la imagen: un arroyo corriendo y ahí nomás, sin sobresaltos, el cadáver ensangrentado de un niño en el agua. Más adelante, en tiempo y espacio, un cuerpo desnudo e inmóvil aparece entre la vegetación y, finalmente, las piernas de alguien que viene a nuestro encuentro blandiendo el filo amenazante de un machete. ¿Estamos ante un flashback o un flashforward? ¿Qué son esos cadáveres? Otra vez no hay certezas.

En ese universo de indeterminaciones hay dos factores que se entrelazan entre sí a tener en cuenta. El primero de ellos es el tiempo, un tiempo que a diferencia de lo que sucede con el relato clásico no está subordinado (o al menos no enteramente) al hombre, al protagonista. Si podemos recurrir a la idea de escena, estas no están delimitadas por las acciones de Vargas, pueden empezar mucho antes de que aparezca la acción o alargarse bastante más allá de lo habitual. Incluso muchas de esas escenas o acciones no parecen ser muy determinantes sino más bien insignificantes. Roland Barthes, en su análisis del relato, diferenciaba a las funciones cardinales (aquellas que condensan las acciones principales y son necesarias en el mismo) de las catalíticas, que son las que dan verosimilitud, mayor dimensión o cohesión al relato, pero no son indispensables; o sea las de relleno. En Los muertos resulta bastante difícil diferenciar unas de otras, se trata de un encadenamiento en el que cada una de las piezas tiene un valor relativo similar.

Fotografía por Fabiana Di Luca

Aquí entra el otro factor. El espacio bien puede ser el lugar donde se desarrolla la acción, aquel en donde suceden los eventos en los que participa Vargas, pero en cualquier momento el propio Vargas (u otro personaje) puede ser desalojado de allí, quedando ese espacio vacío de acción, pero colmado de sí mismo. En esos alargamientos de las escenas antes comentados, al quedar despojado de protagonista el espacio se transforma en algo diferente, ese lugar toma otra dimensión. Incluso sucede algo aún más extremo que es que en muchas ocasiones el mismo plano es el que abandona a Vargas y no al revés. Seguimos a Vargas mientras viene remando por el río, vemos que se refresca, toma un poco de vino y realiza otras acciones triviales. Progresivamente nos alejamos de él, quien sigue su camino; el punto de vista se modifica (en un lenguaje técnico podría hablarse de la cámara) y pasa lentamente hacía la orilla opuesta del río, el centro de atención se diluye y el plano se detiene durante varios segundos en el río y la vegetación que lo rodea. De esa manera el espacio impone su propia temporalidad. Así se manifiesta una preeminencia del entorno, de todo aquello que envuelve a Vargas.

Y en gran parte de la película ese entorno está representado por la naturaleza. Incluso dentro de un espacio de encierro como es la cárcel abundan las plantas, el verde exuberante rodea a los presos, el canto de los pájaros y los insectos los invade, las paredes descascaradas parecen ser comidas lentamente por la tierra y las plantas. Y fuera de ella, a medida que Vargas se va internando en el bosque, la naturaleza lo va envolviendo lentamente en un entorno en el que Vargas se mueve con facilidad, abandonándose a sus reglas. Una naturaleza imperturbable con un tiempo propio, externo y ajeno al relato, que encuentra su símbolo en el agua. El agua que sigue corriendo en la canilla del penal, el agua que lleva a Vargas de vuelta a su pasado, la misma que en el fluir impasible del arroyo, recoge la sangre del niño y la diluye hasta hacerla desaparecer.

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