Pequods Por Luis Sagasti

El álbum de figuritas King Kong, que coleccionaba cuando era chico, tenía un orden que en sus tres últimas páginas derrapaba para el lado de la enciclopedia china del emperador de Borges. La secuencia la iniciaban las banderas del mundo. Era un portal que daba paso a una disposición al parecer sensata: animales prehistóricos, mamíferos, aves, anfibios y reptiles, peces, insectos y, en las últimas tres páginas, barcos. Este último ítem era el más atrayente acaso porque se trataba de las únicas figuritas cuadradas, con los ángulos curvados y, creo recordar, más duras que las otras. De toda la variedad de naves de la colección había una muy llamativa. Se trataba de una marmita o un caldero de gran tamaño que transportaba a un árabe. Sobre un cielo rojo y un mar al parecer embravecido, el árabe llevaba consigo algo que no se distinguía si era un remo o un fusil. Nosotros imaginábamos, acaso porque así lo consignaría la referencia del álbum, o por el brío del cielo y el mar, que se trataba de un navío individual de guerra y que el marinero era un espía. Difícil imaginar una flota integrada por semejantes naves. O un desembarco. Fuera lo que fuera se trataba de un ingenio, ahora pienso, que traía más problemas de lo que podía llegar a resolver. A la elemental pregunta de cómo subirse allí sin que se dé vuelta con solo apoyarse en el borde se sumaría la incógnita de cómo conducir una nave redonda, dirigirla a placer y, en consecuencia, y en algún momento, cómo bajarse de ella. Por lo tanto bien podría tratarse de esos castigos intermedios que no se le arriman a la muerte porque quien juzga se ha quedado con hombros encogidos y deja entonces que sea el mar y la suerte o la pericia del condenado quien resuelva el asunto a su modo.

Como no hay ángulos rectos en la naturaleza, cuando observamos a un barco hundirse en una perpendicular perfecta con la superficie del mar no podemos dejar de sentir cierto horror. Esa perfecta modalidad geométrica del naufragio suele darse cuando el mar se encuentra calmo, lo que aumenta de por sí la pavura. Eso es lo aterrador de Titanic. Un barco hundido por una tormenta parece responder a una lógica de las catástrofes; es más, para quienes nada sabemos de navegación se trata de la consecuencia inevitable, como la muerte que sigue a ciertas enfermedades, a la vejez misma. Pero un barco que el mar se traga con parsimonia e indolencia se parece a la muerte de un chico: algo fuera de la naturaleza. Y de pronto, una vez desaparecido, no hay más nada, como si nunca hubiera sucedido. Un pase de magia, el mar calmo de nuevo. Silencio. Aunque ese ángulo recto nos diga que, después de todo, por incomprensible que parezca, siempre hay una razón que da cuenta de las cosas.

Fotografía por Fabiana Di Luca

A bordo del Contamana, un barco blanco de ventanas redondas, se firmó en 1933 el tratado de paz que puso fin a un conflicto de límites entre Perú y Colombia. Un año más tarde el magnate Carlos Fermín Fitzcarrald López lo adquiere con el fin de explorar ciertos territorios de la selva Amazónica al parecer ricas en caucho. Haciendo zoom sobre el tema: en verdad lo que Fitzcarrald busca es un istmo que acerque lo más posible las cuencas hidrográficas del Purús y el Ucayali, más exactamente a los ríos Serjalí y Caspajali. Atento a indicaciones de los nativos encuentra un lugar en donde las aguas que marchan a la par se hallan separadas por una ganga de once kilómetros. Se trata de una pendiente que tiene unos cuatrocientos cincuenta metros de alto. Y lo que ve allí Fitzcarrald no es la pura selva sino más bien una gran ola congelada en el trópico a la que le han crecido árboles y la habitan animales. Una ola cuya música no es la del rumor del agua en movimiento sino la de miles de pájaros que dan vueltas en torno a una ballena herida por los arpones arrojados por mil nativos que ahora la arrastran como sísifos: después de todo cuando alcancen el punto más alto deberán descender para llegar a otro río que en nada se diferencia con el que acaban de dejar atrás. No les queda en claro la desobediencia o el pecado cometido y nada les asegura que esa no sea la primera de una serie de olas inmóviles de un mar enfurecido. Por accidente o rebelión son muchos los indios que pierden la vida en la travesía. Fitzcarrald, vestido de blanco y sin que una sola gota de barro lo alcance, se acomoda en proa y su mirada es un látigo certero y silencioso.

Un solo día duró la travesía que se prolongó por dos meses exactos.

Casi noventa años más tarde, Werner Herzog repite la escena sin efectos especiales ni trucos de ninguna clase para su película Fitzcarraldo. No se acomoda en cubierta cuando todos empujan, acaso porque hay un salario que acrecienta la fuerza de los extras. Ya había hecho algo parecido cuando diez años atrás, en 1972, filmó la odisea de Lope de Aguirre en busca de El Dorado. Aquí la balsa, no recuerdo que tuviera nombre pero sí que era una verdadera nave de los locos, se desliza lentísima como si el Amazonas fuera pura pampa; nada se mueve en la última escena salvo unas cuantos monitos muy molestos que saltan sin orden ni concierto por los troncos deshilachados, y los cuerpos inertes. La cámara gira en torno a Lope de Aguirre, de pie, en patética majestad. Su mirada penetrante y extraviada es la de quien jamás fue habitado por la duda, por lo tanto ahora no sabe muy bien qué es lo que hay que preguntarle a quién.

Cuando alguien se pierde en la selva, la selva lo percibe y se las arregla para que en poco tiempo se adose a ella. Una gran madre, eso es lo que es. La totalidad trabaja de ese modo cuando percibe entidades ajenas a ella.

La otra nave que tampoco tiene nombre y que navega en la selva es la que comanda el capitán Wilard en busca de Kurtz, el coronel que se volvió loco cuando vio una montaña de brazos de niños recién vacunados en una aldea en Vietnam. Kurtz ha fundado un reino en plena jungla, muy lejos en el espacio, muy atrás en el tiempo. Coppola recrea en Apocalipsis Now El Corazón de las tinieblas de Conrad pero reconoce -cómo no hacerlo- su deuda con Aguirre, la ira de Dios. Hasta el día de hoy no se sabe cuál de los dos procesos de filmación fue más demencial.

Fitzcarrald navega hacia arriba, el Titanic se hunde en una perfecta perpendicular, Lope de Aguirre avanza siguiendo el curso del agua, Wilard se desliza a contracorriente. Unos antes, otros después: los cuatro barcos llegan al mismo lugar.

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