La ribera (fragmento) Por Enrique Wernicke

Cuando se lleva una vida secreta y retirada, cualquier pequeño incidente tiene la significación de un cambio. En el taller estamos habituados a una constante soledad donde sólo existen “nuestras cosas” y nos sorprende cualquier intervención del “otro mundo”.

En estos días hemos recibido dos visitas: el cliente aquel que recomendara Julio, y Adelita. En ambos casos los chicos se portaron como indios aunque por motivos muy diferentes.

“El cliente”, como lo nombró Susana, resulta más espectacular y pintoresco que todo lo esperado.

Llegó casi a mediodía con todo el calor de un sol rajante. Golpeó las manos furiosamente y, como nadie le hiciera caso, abrió el portón y se metió en el patio. Desde mi ventana vi un hombrecito regordete vestido como para lucirse en una rambla, que agitaba los brazos para espantar al perro que le ladraba. Asomé la cabeza y sin sospechar quién era le pregunté qué quería. Como tenía el cuello muy corto le costó trabajo hablar hacia lo alto y lo hizo a gritos, indignado.

-¿Quiere bajar de una vez? –me ordenó jadeando, después de cambiar dos o tres frases.

Sólo entonces ubiqué a la visita y descendí sonriendo por la maltrecha escalera.

Mi traje de trabajo en el verano es bastante sintético: un short descolorido, una camisa que ha perdido los botones, sandalias y un gorrito blanco de playa. Como había fundido desde temprano, estaba tiznado de humo y el sudor me había trazado en el pecho unas largas estrías grisáceas.

Mi facha le choco al caballero, porque dio unos pasos atrás como temiendo que lo manchara.

-¿Usted es Eduardo? –preguntó frunciendo unos labios gorditos.

-Sí.

-Me manda Julio Martínez…

-¡Ah!

Di unos gritos llamando a Miguel Ángel y le hice traer una silla. Incómodo, mirando a todos lados, se sentó bajo los sauces. Susana lo espiaba desde la casilla con el entrecejo fruncido. Miguel Ángel lo miraba con una atención impertinente y allí se hubiera quedado firme si yo no lo despacho al taller.

-¡Qué exótico! –dijo el cliente, con la misma entonación de vos con que hubiera dicho “que asco”.

Sonreí y directamente le pregunté qué deseaba.

Pero nuestro cliente –nuevo rico, director de una banco oficial, etc. Etc.- era, como casi todos los coleccionistas, un hombre que disponía de tiempo y hacía de la compra una pequeña ceremonia. Por otra parte, me fue evidente que el pobre tipo “no sabía lo que quería” y, de acuerdo con las leyes de la venta, yo debía prepararle un rendezvous” para termina acertadamente el negocio.

Pero, naturalmente, me cuesta ser sociable con personas que no conozco y en esta mañana de calor, cuando sólo me apetecía un remojón en el río, malditas ganas podía tener de parecer fino. Lo traté un tanto despectivamente.

-¿Pero usted tiene interés en trabajar? –me preguntó violento.

-Por supuesto, señor. Estoy a sus órdenes…

-Pues entonces… -se reservó el resto de su pensamiento.

-Entonces… -dije- le voy a mostrar algunos libros para que elija los modelos que le agraden.

Antes de que respondiera, le hice una seña a Susana. Otra vez la visita tuvo que levantar la cabeza, ahora para observar a la muchacha que me mostraba unos libros por la ventana.

-Esto parece un palomar –comentó el gordito.

-pienso lo mismo.

Susana bajó en cuatro saltos y me tendió una serie de láminas. Con una cortedad de campesina, no había mirado al extraño.

-Es mi ayudanta –expliqué-. Es cliente, Susana…

Ninguno dijo palabra. Se miraron azorados. Susana marchó a la cocina. De allí, con toda insolencia, me pregunto a gritos:

-¿Almorzará temprano?

-Si m´hija.

Los ojitos del cliente relampagueaban.

-Hermosa chiquilla –comentó impresionado.

-Aquí tiene señor.

Le amontoné en las rodillas los libros y las láminas.

-Elija. Y perdone.

Antes de que pudiera contestar lo dejé plantado con su perplejidad. Fui al baño, me di una cucha y me puse un pantalón y una camisa. Mientras tanto, charlaba con Susana. Las observaciones de la chica me hicieron reír, pero para ella resultaba doloroso comprobar que tipo de gente acumulaba esas obritas que con tanto amor y minuciosidad realizábamos en el taller.

-Entonces… -me dijo compungida mientras me alcazaba el peine- nuestro trabajo no tiene sentido.

-Así es, efectivamente.

Quedó desconcertada.

-Y eso es feo.

-Estoy de acuerdo.

Sacudió la cabeza pensativamente y agregó:

-No puede ser…

Su pena era profunda y sincera. Mucho tiempo después seguía impresionada.

Cuando volví bajo el sauce comprendí hasta dónde había llegado en mi desparpajo. El pobre gordito tenía  la expresión de un hombre que ha sido abandonado por su querida en medio de una plaza. Hojeaba los libros sin ton ni son y miraba hacia el río con nostalgia.

-¿Eligió, señor?

-No sé… –admitió abrumado.

Y entonces me confesó que recién se iniciaba como coleccionista. No tenía una sola miniatura, pero le habían tentado mis figuritas. Quería llenar una vitrina de tanto por tanto. ¿Qué podía aconsejarle?

Me compadecí. Superé mi desgano y le di una larga charla. Era lo único que deseaba. Se animó, respondió afirmativamente a todas mis propuestas y como consecuencia anoté un pedido muy importante. Tan satisfecho se mostraba que temí perder una hora todavía. Se me ocurrió una idea salvadora.

-¿No le interesa conocer el taller?

-¡Oh! Sí.

Pero cuando comprendió que necesitaba subir la débil escalera, lo asaltó un pánico incontenible.

-La verdad… -murmuró  pestañando- es que estoy apurado. ¡Otro día, otro día! –y ya se dirigía hacia la calle.

Lo acompañé hasta el portón, huyó, para decir la palabra exacta.

-Salude a su ayudanta… -fue lo último que dijo y trepó a un inmenso automóvil que había estacionado frente a mi casa.

En cuanto estuve solo los chicos emergieron de sus escondites y me acribillaron a preguntas. En la vida del taller la irrupción del gordito fue un suceso singular. Creo que gracias a su visita se acabó esa tonalidad fantástica que tenía hasta entonces nuestra artesanía.

(…)

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