A propósito de La ribera. Hipótesis de una relectura Por Oliverio Coelho

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La sensación de asombro y paciente fascinación que sentí al leer La ribera por primera vez, se replicó dieciocho años más tarde, aunque por distintos motivos. Quizás los matices de esa fascinación hayan cambiado, pero esencialmente eso que hace única a La ribera respecto a las novela de su época –y central en la obra de Wernicke–, reside en una asimetría que combina la madurez estilística de un escritor moderno y el existencialismo más puro y duro.

En mi primera lectura, a los veinte años, no indagué demasiado en el contexto histórico del libro. Por ende, la lectura fue parcial, enfocada sólo en la oscuridad y en la transformación de un individuo incrustado en una galaxia de solitarios y desterrados. Eduardo, el protagonista, Miguel Ángel, Susana, Nono, Simón, Juan, circulan como sobrevivientes. Adela y Julio, ajenos a la orilla, son el último lazo que Eduardo tiene con su pasado: una ex mujer y un hijo, Arturito, que más que un descendiente es un excedente en su vida.

Tuve la impresión lineal de que el narrador cumplía una condena autoimpuesta. Y de que los hombres que lo frecuentaban eran fantasmas. De aquella primera lectura, una anécdota secundaria me quedó fija en la memoria. Contarla, creo, es un modo de verificar la solidez de una escena que en realidad es recurrente a lo largo del libro: dos borrachos tratando de apoyarse uno en el otro para mantenerse en pie. En esta anécdota puntual, el protagonista y Nono emprenden “el vía crucis del regreso” desde la fonda. Nono, alguna vez amó y fue desairado. El protagonista alguna vez tuvo una cómoda vida entre la alta burguesía y prefirió “desclasarse”. Ambos, bajo la ceguera del alcohol, se reprochan la derrota para luego abrazarse.

En la relectura, a medida que pasaban las páginas, La ribera cobró una densidad insoportable. En más de un momento tuve la impresión de que el libro me iba a explotar en las manos. Una cadena de urgencias y no una suma de episodios inflaman la narración de capítulo en capítulo: el alcoholismo, el vínculo con Miguel Ángel y la joven Susana en el taller donde funden soldaditos de plomo, la relación del narrador con su (no) hijo y su ex mujer, la militancia y la resistencia política como camino hacia la democracia, cuestión omnipresente en la segunda mitad del libro.

El mundo frágil de la orilla se hace añicos a cada página y toma todas las características de un purgatorio. Mientras las horas se acumulan junto al río y el oficio cronometra la vida, asoma el conflicto político/amoroso del narrador: por un lado, el origen burgués conviviendo con el quehacer del obrero; por otro, el alma de un desamorado que tiene a una proletaria joven en el puño de la mano y puede destrozarla en cualquier momento.

Ninguna otra novela hace entrar el Trabajo como paciente forma de redención frente a la pesadumbre del intelectual. Me refiero al oficio, a la sabiduría terrenal que organiza las horas en contraste con el tiempo vacilante del artista. Sin embargo, constantemente en el narrador asoma una conciencia contradictoria y pesimista sobre su condición: “Debo ser de los pocos hombres del mundo que necesitando trabajar no se degradan en el trabajo”.

Más allá de este conflicto ontológico propio de un nihilista atravesado por prácticas burguesas, hay continuas alusiones a un pasado que muestra en el narrador a un burgués que probó las amenidades del intelecto y con el desgaste de la vida renunció a todo. La tensión entre izquierda y peronismo no puede estar más patente, aunque el peronismo como tal no existiera entonces.

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Ya que escribir sobre un libro, de pronto, puede volverse una oportunidad no para interpretar su argumento, sino para descubrir sus líneas invisibles, sus puntos de fuga, y hacer una suerte de ficción crítica sobre el libro en cuestión, voy a introducir una hipótesis.

Antes de emprender la relectura de La ribera, me tomé la libertad de investigar cuándo había sido publicada: 1955. Probablemente haya sido escrita entre el 50 y el 54, y haya funcionado como catarsis para un intelectual de izquierda –no Eduardo, sino Enrique Wernicke–. En este contexto histórico, se podría afirmar que es una novela que indaga en el pasado –y no se avergüenza por su posible anacronismo– pero es un testimonio sesgado del presente del autor.

En primer lugar, funciona como testimonio de la topografía urbana de la zona norte, muy distinta a la actual. En esa topografía de la ribera, el arrabal y las zonas acomodadas estaban bien discernidas en centro y periferia, aunque compartían escenario: el río.

En segundo lugar, funciona como testimonio de una nueva sintaxis política que llega con el peronismo y interpela a intelectuales de izquierda. El peronismo tempranamente sustrae y reformula la categoría de clase obrera y proletariado. Aunque los hechos de La ribera transcurran en el 44-45, su lengua política está atravesada por la experiencia compleja del peronismo. De modo que La ribera es un extraño caso en el que se narra una experiencia política –la resistencia a un gobierno que tiene a Farrel como presidente, y a Perón como Vice– con la lengua de una experiencia posterior. Wernicke, involuntariamente, logra pintar mejor que cualquier otro escritor lo que para la alta burguesía representó el gobierno democrático de Perón (46-55) narrando otro proceso histórico (44-45) bajo estos tópicos: dictadura, fascismo y prisioneros políticos. Podríamos afirmar que hay un extraño dictado inconsciente en este desfasaje sintáctico y en algunas de sus aseveraciones: “No me extraña que estos nuevos ricos, ávidos por llegar a ser Ford, apoyen a los nacionalistas. De todo esto que veo saldrá la futura clase política argentina”.

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Por fuera de esta hipótesis conspirativa, La ribera también puede leerse como un ensayo narrado sobre las formas que toma el nihilismo en un hombre que decide vivir refugiado. En este sentido, Wernicke sería el mejor compañero del Céline de Viaje al fin de la noche. Eduardo, al igual que Bardamû en el Congo, accede a una especie de purgatorio hasta llegar a los círculos más exclusivos del infierno a través de un deseo prohibido y de la voluntad política –que en ambos se expresa como humanismo áspero, para Bardamû en su rol de médico de suburbio en París, para Eduardo en su rol de hacedor de orilla e intermediario entre dos mundos y dos clases–.

En cualquier caso, tanto la novela de Céline como la de Wernicke, son relatos asfixiantes sobre la interioridad masculina y el vía crucis de la autoconciencia hegeliana, algo que sólo es posible en la ficción cuando en primera persona un narrador refiere para sí, retrospectivamente, sus tentativas de redención. Bardamú y Eduardo son hombres carcomidos por restos de una anterior vida pequeño burguesa hacia la que sienten “asco”.

La experiencia de la cárcel para Eduardo parece, en la segunda mitad de la novela, marcar una inflexión en la autoconciencia. “No es común, cuando llegamos a adultos, vivir una experiencia totalmente desvinculada de nuestro medio y de nuestra existencia cotidiana.” Ahí descubre la anhelada utopía comunista introducida con tanto tesón por su amigo Juan. La razón cínica le susurra que esa utopía sólo es posible en la cárcel.

En el río, ya libre, Eduardo recupera su condición de ermitaño antiburgués, “al margen de la vida”. Parece quedarle claro que la disolución del individuo en el comunismo no es un programa realmente antiburgués, sino un programa sustituto en donde la categoría de “prójimo” reemplaza a la de “propiedad privada”, con los mismos fines: un pacto de convivencia productivo. La reacción más radical contra el status quo, la expresión de asco mayor, sólo puede manifestarse en el solipsismo y la melancolía. De ahí que salir de la cárcel sólo apareje una sensación de alivio efímero: “jamás el hombre había significado tanto para mí”. Y de ahí que en su casilla, por fin, frente a lo que en la cárcel denomina el “privilegio de la libertad individual”, conozca el rostro de la angustia, “el dolor sin nombre y sin ubicación”, e identifique lo monstruoso de la propia inteligencia. “Creo que nunca he sufrido tanto con esta incapacidad mía para comprender un dolor ajeno”. “Pude llorar al fin. Sollozos. Romper esa placa que me aplastaba el pecho”.

Ningún otro escritor –ni siquiera Céline– abordó con tanta lucidez esa forma del malestar masculino que encarna la apatía frente a la angustia. El mundo de los hombres solitarios, hoscos, curtidos por la intemperie y la desidia, para un hombre en una casilla sobre una calle de tierra, es la puerta de acceso a la muerte. No a la muerte de la doncella amada, como parece sugerir Wernicke en las últimas páginas, superponiendo una tragedia shakesperiana sobre un drama existencialista. Sino a la propia.

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