El árbol de palta por Luciano Guiñazú

I-La ida

El ruido del motor de la lancha no lo dejaba escuchar nada, veía que el lanchero le decía algo, pero no le contestaba porque no llegaba a comprenderlo y pensó que más descortés que no contestarle era pedirle que le repitiera lo que estaba diciendo o responder cualquier cosa; entonces no respondió y ahí fue que se puso a mirar sus manos para no tener que ver al lanchero. En referencia a las manos recordó una frase: “Es tan burgués hacer tanto hincapié en las manos, diferenciarlas tanto de la cabeza.”. La frase le planteaba dudas porque sabía que la estaba recordando mal y además porque no podía descifrar de quien era. Entre la memoria y el olvido de aquella frase, se dejó llevar un rato por ese pensamiento. Realmente la idea le resultaba confusa, estúpida y sin encontrarle solución al asunto, se dijo: seré un burgués, y volvió a mirarse las manos. Las miraba con cierta curiosidad, como si estuviera viendo las manos de otro hombre y a la vez como si en ellas se cifrara una encrucijada, una vieja decisión perteneciente a otra vida. Las miró de dorso y se detuvo en sus uñas, sobre todo en sus uñas. Eran amarillas y gruesas, rodeadas de un cuero curtido, oscurecido por el sol y por la mugre. Después giró las mano y vio las palmas, también amarillas, pero de un amarillo más apagado que el de las uñas, un amarillo tenue y espeso, mejor dicho con espesor. Las arrugas eran zanjas que separaban los cayos, unos de otros, como los canales que separan las islas. Canales navegables, dijo involuntariamente en voz alta.

Al darse cuenta de que había modulado fuerte y claro lo que en realidad quería mantener para él mismo y sin esperar a ver si alguien lo había escuchado, algo poco probable dado el ruido de la lancha, se ensimismó como queriendo ocultarse y fijó aún más la vista sobre sus manos. Entonces descubrió algo, sus manos se le revelaron como una evidencia, la evidencia de que la vida no siempre premia a los hombres con una experiencia acorde a sus expectativas. Después, algo agobiado por la contundencia de sus pensamientos, miró para afuera, hacia el río y después hacia la costa y se relajó con esa imagen que le devolvía el delta.

En otro momento Marcos había sido escritor, sus manos habían sido blancas y blandas, suaves. Hacía unos 5 años se había ido a vivir a la isla porque quería escribir ahí su novela, la que él consideraba sería “la novela”. Pensaba en aquel entonces, que el aire puro y la tranquilidad de la isla le iban a dar esa paz que necesitaba para escribir y que según él todo escritor precisaba para desarrollar una buena historia. Pero ni bien llegó a la isla dejó de escribir, y aún antes de eso, también dejó de leer. Cuando se mudó se llevó todos los libros que tenía, pero por pereza todavía no los había sacado de sus respectivas cajas. Junto al mueble de la cocina, donde había puesto la biblioteca, se apilaban una sobre otra, todas las cajas con los libros. Había intentado sacarlos varias veces, pero el solo mirar las cajas le producía un cansancio completamente desalentador. Miraba las cajas por minutos y después de un rato, se iba afuera a prender un cigarrillo y se repetía a sí mismo que al otro día los sacaría finalmente. Esta operación la realizó durante varios meses hasta que por fin dejó de mirar las cajas y ya pronto dejó de pensar en los libros. Después de todo, los libros aunque aún embalados, estaban más o menos donde tenían que estar, sino en las estanterías por lo menos tapándolas.
Desde que llegó a la isla, a pesar de no mostrar ninguna voluntad por sacar los libros, no dejó de buscar fuentes de inspiración para su obra. En busca de esa inspiración fue varias veces a los bajos del temor. Le gustaba llegar hasta allá por el Diablo y aunque para Marcos eso significaba una especie de rodeo, él creía -y si se le preguntaba contestaba seguro- que a un lugar que se llame los bajos del temor sólo se puede llegar por un arroyo que se llame Diablo. Ya desde su primera excursión notó que los bajos eran varios y no sólo uno, no era el bajo sino los bajos. Esa divergencia inaudita entre el singular y el plural, entre el bajo y los bajos no le impedían sin embargo buscar en ellos los rastros de aquella literatura anhelada y admirada. Buscaba el Aleluya, al Boga, al viejo, quizás los restos de un refugio. Pero los bajos no suelen darle nada a nadie que no sea pescador. Por lo general sólo se presentan como una inmensidad de agua con contornos no muy bien definidos por las costas y no mucho más. Sin rastros de naufragios, sin rastro de piratas y en fin si rastros de literatura.

Cuando hacía estos viajes el no encontrar nada lo ponía de muy mal humor, más aún, lo ponía furioso. Muy íntimamente Marcos sabía que ese descontento estaba encadenado a sus aspiraciones y le preocupaba notar que esas aspiraciones iban perdiendo intensidad, que iban desapareciendo. No encontrar nada era como el reflejo de un estado de cosas, la confirmación de que el río no le iba a dar lo que estaba buscando como escritor o peor aún que él ya no era un escritor y que por eso no encontraba nada. Entonces lo enfurecía que los bajos que debían devolverlo a la literatura, a su antiguo ser no fueran capaces de darle algo a ese escritor que comenzaba a apagarse, a extinguirse. Volver a casa después de ir a los bajos era como un asesinato, con cada vuelta el escritor que quería ser moría un poco más y el isleño que aun no era cobraba fuerzas. Esos fueron los peores meses de su estancia en la isla. Pasó mucho tiempo, antes de que pudiera ir hasta los bajos y encontrar algo que lo animara y cuando sucedió, aquello ya no tenía que ver con la literatura. Un día cualquiera, sólo se dejó llevar por la corriente en busca de un buen pozo para pescar, hasta que llegó, casi sin quererlo, hasta los bajos. Ese día, en efecto los bajos no lo defraudaron. La pesca fue genial.

A finales de febrero Marcos había decidido dejar la isla por unas horas para ir a la capital a encontrase con un viejo amigo. Era un martes. Se levantó a las 6 de la mañana y se tomó la lancha colectiva de las 7, llegó a la estación de Tigre a las 8.30, se tomó el tren y llegó a retiro a las 10 menos 5. Se encontraron en un bar por Retiro porque Marcos no quería arriesgarse a perder el tren y después la lancha colectiva de las 15.
Cuando su amigo Jorge llegó al bar, Marcos lo saludo con un abrazo interminable y con una expresión de alegría en el rostro. Después de un rato de charlar de nada en particular Marcos se acercó a Jorge diciéndole que tenía una historia para él.

– No te lo podía decir –le dijo como en secreto- por teléfono porque sería muy largo de contar y me iba a salir un huevo de la cara llamarte, además quería venir a contártelo y a verte personalmente porque me estoy volviendo un poco loco allá en la isla todo el tiempo solo y ese árbol de mierda me está… me está…

Marcos, creía tener una gran historia entre manos y quería que Jorge la escribiera, pensó que él ya no estaba en condiciones de escribirla, que ya se había olvidado como se hacía, pero insistía con la idea de que la historia que tenía para contar era realmente excelente. Incluso, no comenzó a contarla, hasta que no comprometió a Jorge con la escritura de su cuento.

II-El árbol de palta

Cuando decidí irme de acá, yo, como sabés, quería irme a escribir, así que cuando por fin me fui para allá, me llevé todos mis libros y la computadora, pensando en eso. Trasladar los libros me agotó y cuando los terminé de bajar, allá en la casa, los dejé ahí en las cajas por un día, dos, tres, un mes, dos, tres, y ahí están todavía. Hoy en día, el sólo mirarlos me produce un cansancio terrible, así que ya no los miro para nada. Mientras me acomodaba, esto, te estoy hablando hace 5 años, ni bien me fui ¿te acordas? Mientras me acomodaba, estuve ahí unos días sin hacer nada porque tenía guita y al principio toda la cuestión parecía más bien unas vacaciones. Estaba ahí haciendo nada, juntando fuerzas para acomodar los libros y comenzar de una vez a trabajar y de repente por atrás del terreno aparece un tipo, arrastrando un árbol por el piso. Te hablo de un árbol de unos dos metros de largo, no un arbusto, un árbol. Juan, se llamaba el tipo, ¡bah! se llama porque todavía está vivo. Fue el que hizo todos los trabajos de refacción de la casa antes de que yo me mudara, un tipo bárbaro. Entonces llega y me dice:

-Cómo anda amigo, miré lo que le traigo.

Y me muestra la planta grandota con toda la raíz al aire libre.

-Es un árbol de palta, para que plante por ahí nomás, el año que viene seguro le empieza a dar.

Bueno, le dije gracias y que no se hubiera molestado, pero me dijo que se la había sacado a Mari, una vecina del fondo porque a ella no le gustaban las paltas y que la plantara en cualquier lado que las paltas crecen en cualquier lado. Entonces la planté; y la verdad que la planté y agarró como loca y no paró de crecer desde aquel día. Al día de hoy tiene unos 4 metros de altura, una copa frondosa y hasta da sombra. El único inconveniente es que no da paltas. Entonces después de dos o tres años de plantada, lo fui a ver a Juan por este asunto de que no daba. Cuando llego a la casa veo que a la entrada tiene dos árboles de palta, uno como el mío, el mismo tamaño, la misma espesura, pero lleno de paltas y el otro un poco más chiquito, sin frutos. Entonces le pregunto:

-Che, Juan ¿Cómo es que da paltas este árbol? el mío no da nada de nada.

Ahora viene lo mejor, escuchá esto, entonces Juan me dice:

-¿Pero cómo que no da? Tiene que dar. ¿No estará seca?

-No, no, para nada, está así, igual que esta –y le señalo el árbol grande-, pero sin paltas.

– Y ¿no da?

-No, che, no da.

-Qué raro che.

Escuchá:

-Ah, ya sé que debe andar pasando, está encaprichada. –me dice-

-¿Encaprichada?

-Si encaprichada. Tenes que pegarle. Santo remedio.

Sí, sí, esa misma cara de asombro puse yo, exactamente la misma Jorge, pero en seguida me repuse, me hice el indiferente y le seguí la corriente.

-¿Y con que le pego? –le pregunto.

-Pegale, así nomás con un palo, una fusta o un látigo, con una cadena si es necesario, con lo que tengas a mano. Ahí te va a empezar a dar, vas a ver.

-¿Estás seguro?

-¡Mirá, sino! -Y me señaló el árbol grande lleno de frutos- El primer año me pasó lo mismo que a vos, la cagué a palos y al otro año en la primavera me acerqué dos o tres veces con el palo y la amenacé nomás, ese año ya me empezó a dar.

Bueno será así -le dije- voy a probar, no pierdo nada, gracias Juan querido por el consejo.

Después me invitó a tomar unos mates pero le dije que me tenía que ir, me acuerdo que me preguntó por las líneas. Juan, además de arreglar casas, ser albañil, carpintero, jardinero, etc., cruza gente del continente a las islas en su tracker y siempre lleva ahí chucherías para vender, entre ellas líneas para pescar. Las líneas esas las vende de a 4 o 5 por contingente que lleva, no sé a cuanto las vende pero a mí me da por cada línea 20 pesos y yo gasto para hacerla entre 2 y 3 pesos por línea, así que calculo que las debe vender a 30 pesos la línea. Antes se las compraba a la almacenera, pero desde hace un año más o menos me las compra a mí. Yo compro todo en el pueblo y las armo en casa, antes de los fines de semana Juan las pasa a buscar y después de venderlas me las paga.

Entonces, después de la charla, me despedí como te decía, me fui hasta el muelle, desaté el cabo del tracker, la arranqué y me fui al pueblo. Mientras me iba, me puse a pensar en lo que me había dicho Juan: este hijo de puta me está cagando a güevasos –pensé- ¿cómo le vas a pegar a un árbol para que te de fruta? Pero seguí nomás. De ahí me fui al pueblo, como te decía, porque tenía que ir al super a comprar cosas. Compré puchos, yerba, vino, fideos, picadillo de carne en latita y un par de cosas más, lo de siempre. Cuando voy a pagar me acordé que la vieja del super, Carmen, tiene un montón de paltas en el patio, Así que pagué y me di la vuelva por el costado del super y la fui a ver. La vieja estaba bajando una mercadería en el galpón que tiene atrás, justo antes del patio de las paltas.

-Disculpe Doña Carmen –le dije-la estaba buscando para hacerle una pregunta porque vi que tiene varios árboles de palta acá en el patio y vi que le dan muchas paltas y yo tengo uno que planté hace unos dos años y medio o tres y no consigo que me de nada y fui a lo de Juan y me dice que está encaprichado y que le tengo que pegar y no entiendo muy bien qué es lo que me quiso decir. ¿Usted sabe que quiere decir?

La vieja me miró y se sonrío justo cuando estaba llegando Ramón. Ramón es el marido de Carmen. Yo trabajo con Ramón haciendo changas de pintura y carpintería y lo que salga. Entonces la vieja lo mira a Ramón y le dice: Che Ramón acá Marquitos dice que tiene una palta encaprichada y que Juan le dijo que le pegue y que él no entiende. ¿Qué es lo que no entendes Marquitos?

– Bueno, eso ¿Cómo que hay que pegarle?

-y sí Marquito, le tenés que pegar, así te empiezan a dar. Acá con Ramón a estas, el primer año las cagamos a palos a todas y mirá.

-¿Está segura Doña Carmen?

-Vos hace lo que quieras, pero si queres paltas le vas a tener que pegar.

-Bueno, vamos a probar, con probar no se pierde nada. Bueno nos vemos Doña Carmen. Chau Ramón.

Entonces me fui, pasé por el super, junté las cosas, pagué la cuenta, caminé hasta el muelle municipal, me subí al tracker, lo arranqué y me fui para mi casa.

Estábamos en verano ya. Allá se trabaja muy fuerte en primavera y verano y después ya en otoño e invierno no hay una mierda para hacer, salvo salir a pescar pejerrey y cortar muy de vez en cuando el pasto de alguna quinta. En fin, como te digo, aquel día me quedó grabado con todo detalle, fue el día más extraño desde que estoy viviendo allá. Al principio me hice el tonto y por supuesto ni se me cruzó por la cabeza pegarle al árbol. Pero con el correr de los días, cuando pasaba por delante del árbol, era como si la planta me retara a duelo, me desafiara, como si me dijese cobarde todos los días. Entonces con el tiempo empecé a tomarle bronca, y de ahí a putearla y a amenazarla cada vez que pasaba por enfrente, que era todos los días. Igual no le pegaba. La planta cada día me desafiaba más y cada vez que me cruzaba con Juan, con Ramón o con Carmen me preguntaban si ya le había pegado. A los meses, ya todo el mundo sabía del árbol y todos me preguntaban sobre eso. Yo seguía en mi postura, diciéndoles a todos que estaban locos, que cómo le iba a pegar a un árbol y qué sé yo. Hasta que una noche por la madrugada, a eso de las 3 de la mañana, me levanté de la cama, salí afuera con un palo de Guayubira, que es madera dura, uno que tengo yo simpre al lado de la salamandra para mover la leña, miré bien el río y el parque para asegurarme que no había nadie y cuando estuve seguro que no había nadie mirando, le di un palazo tremendo a la palta. Bueno, la insulté, le volví a pegar más fuerte y le empecé a gritar que más le valía darme paltas porque la iba a cagar a palos hasta que me diera algo. Y después me acuerdo que le pegué y me lastimé la mano con el rebote del palo. Entonces, yo estaba encolerizado, tiré el palo y me fui hasta el galponcinto que está debajo de la casa. Ahí tenía una cadena de motosierra que estaba toda oxidada y ya sin filo alguno pero que todavía tenía cierta movilidad. Agarré un trapo, me vendé con el trapo la mano y agarré la cadena. Salí en dirección al árbol y mientras me acercaba, me acuerdo que iba diciéndole, más bien gritándole al árbol: ahora vas a ver hijo de puta, te voy a moler a cadenazos. Y así fue, le pegué durante dos horas más o menos, de hecho le dejé unas cuantas marcas. Después dejé la cadena colgada del mismo árbol y me fui a dormir. Ese día dormí hasta las 2 de la tarde del otro día.

Igual, ese verano tampoco me dio nada el maldito árbol. Al otro invierno la cagué a palos de nuevo, duro y parejo. Nada. Por supuesto que cuando me preguntaban si le pegaba yo le decía a todos que no, pero la verdad es que sí.
Bueno, otro verano y el árbol sin dar nada, hasta que un día me fue a ver Carlos, te acordas el de Pergamino. Bueno, me fue a ver, comimos asado y en un momento le comento lo del árbol. Entonces se acerca al árbol lo mira, me mira y después de un rato me dice:

Escuchá:

-Vos pegale todo lo que quieras, pero este árbol no te va a dar nunca paltas, porque en realidad no es un árbol de paltas.

-¿Cómo? -Le dije.

-Que este no es un árbol de paltas.

Me dijo el nombre del arbol pero no me lo acuerdo, es igual al arbol de palta, pero no es.

En fin –te das cuenta- el hijo de puta de Juan me había jodido y los otros le seguían la corriente, se cagaban de risa los hijos de puta de mí. Juan, Ramón, Carmen y todos. ¡Hijos de puta! despues me enteré que se lo hacen a todos los que se van a vivir allá, es como una costumbre.

Entonces, lo voy a ver a Juan por este asunto y le digo: sos un hijo de punta, me tenés pegándole al árbol como un boludo. ¡Hijo de puta!
Juan se cagaba de risa ¿No era que no le pegabas? –me decía- mientras se cagaba de risa.

En fin, ahí tenes la historia del árbol de palta. Bueno che me voy porque se me va el tren y no quiero perder la lancha.

III-La vuelta

Después de contar su historia, Marcos se despidió de su amigo, se tomó el tren a Tigre a las 13:30, llegó a Tigre a las 14:40, se subió a la lancha colectiva que zarpó a las 15 en punto. Mientras viajaba, miró al lanchero y le grito algo indescifrable que el lanchero recibió con un gesto de compañerismo. Pensó en Jorge y en lo raro que le había resultado todo el encuentro. Bajó en el muelle municipal y caminó por el terraplén hasta la puerta de su casa, antes de entrar vio la cadena de la motosierra colgada de ése árbol y soltó una puteada. Después se puso a cocinar, comió y a eso de las 21 se fue a dormir.

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