Museo Sarmiento por Malena Velarde

–Fragmento-

Camino hacia el museo de mañana. Mi primer día de trabajo en mi octavo día en la isla

 

  • Salir de la casa

 

El crujido de la escalera de la casa apenas se escucha por la mañana. A cada peldaño se superpone el ruido de un ave, el romper de las olas o el motor de alguna lancha que pasa temprano por el Sarmiento. Todo el jardín huele a rocío y el agua se filtra en mis zapatos en forma de barro. En dirección a la orilla, y antes de doblar, hay una entrada hecha con troncos que dirige hacia otras casas. Entonces el jardín de mi casa es una calle también y por eso existe este camino formado de huellas que ahora yo también piso. La vista que recorta esta entrada es la de un delta perfecto, de árboles púrpuras y anaranjados, y pasto cortísimo. Allá no hay maleza, ni enemigos, ni formas muertas. Es la parte inmóvil de la isla.

 

  • Cruzar el puente

 

El puente está cercado por piedras claras que son la luz de todo el pasaje. Por encima, los árboles no dejan pasar el sol. Sólo se filtra el ruido de las avionetas que irán a la isla Martín García: es una amenaza in crescendo que después se disipa de repente y que está señalizada en un cartel con el dibujo de un avión rojo.

Por abajo, los juncos ya vencidos acolchonan el paso. Al cruzar el puente y pasar al otro lado, miro hacia atrás. Porque lo muerto sobre las piedras sigue ahí pero el día no reveló su forma.

 

  • Pasar el bar

 

Entre la posición de cuclillas y al acecho, los chicos del bar se dejan ver cuando paso. El bar no es ajeno a la isla: también ahí existe el desorden natural de la basura y la maleza.

La primera noche que llegué escuché ruidos desde la casa y los seguí como señuelos entre la niebla de la noche. Salí, crucé el puente y llegué al bar. No había niños: había hombres sentados alrededor de una mesa. Con un golpe grotesco apoyaban, por turnos, un naipe y solo ese gesto desataba una carcajada. Había también música que salía de algún lado y las mujeres alrededor de la mesa hacían que bailaban arremangándose las polleras. Solo un atisbo a tropezarse y de nuevo estalla una carcajada que se sostiene por más tiempo.

Yo observaba sin que nadie me viera. Por eso, cuando me invadió un movimiento en mi lado de oscuridad y vi un par de ojitos que me veían desde un ángulo que no determinaba, dejé de oír a los hombres y caminé hacia la casa sintiendo demasiado mis ojos de repente.

 

  • La entrada

 

Sobre la piedra, pegada con cinta scotch, hay una hoja con reglones escrita con birome.

 

RETIRAR CORRESPONDENCIA EN EL “MUSEO”

 

Abajo, casi veinte nombres, uno detrás del otro. Es el primer cartel, de algún modo, y el museo se declara como agente postal.

 

Unos pasos más adelante y veo otro cartel sobre la piedra. Éste es oficial: una chapa con aureolas de óxido y con sombras en zigzag formadas por las hojas verdes que lo cruzan. El cartel  muestra un escudo con una guarda marítima y adentro un niño que, con un libro bajo el brazo, señala el edificio de una escuela. El niño proyecta una sombra extraña: parecen hexagramas que crecen hacia su perfil. A su lado, hay una niña que con una mano riega de semillas el suelo y con la otra sostiene un portafolio. Sus miradas jamás se cruzan. El jardín de la escena es muy prolijo, como el de mis vecinos.

 

PROTECTORA DE NIÑOS, PÁJAROS Y PLANTAS

FUNDADA EL 14 DE MAYO DE 1904 EN BELGRANO CAPITAL FEDERAL

LOS NIÑOS SON EL PORVENIR DE LA PATRIA, EDUQUÉMOSLOS

LOS PÁJAROS SON LOS AUXILIARES DE LA AGRICULTURA, PROTEJÁMOSLOS

LAS PLANTAS DAN SALUD, PLACER Y RIQUEZA, CULTIVÉMOSLAS

LOS NIÑOS, LOS PÁJAROS Y LAS PLANTAS SON LA DELICIA DEL HOGAR, PROTEJÁMOSLOS.

 

El ruido de unos pasos me hace levantar la cabeza. La directora del museo sonríe al verme leer el cartel, hace que lo lee también y después me saluda. Me pregunta si estoy lista para empezar, y yo le muestro mi cámara y mi silbato. La directora me sonríe mostrándome demasiado los dientes. En todo el intercambio nunca hubo del todo silencio. La corriente y los motores del Sarmiento se llevan toda la calma.

 

Las fotos en el Museo al momento de encargar las planillas para relevar los árboles

  sarmiento

 

Lo tuvieron que arrastrar. Sarmiento se deshace entre las manos de los fotógrafos como una masa húmeda, como un río. Lo sujetan entre los dos: uno le agarra la cabeza y camina hacia atrás mientras el otro se apresura para seguirle el paso agarrando las pantorrillas del muerto. Lo sientan en una silla de mimbre. Lo estudian por un momento. Uno busca un libro de la biblioteca pero no se fija ni el autor ni en el título. Le importa solo el grosor y que soporte la mano pesada de Sarmiento. El otro le acomoda la bata prestando atención a la cantidad de pliegues. En algún momento le parece justo y deja lugar para que el otro posicione el libro bajo la mano. Sarmiento parece un árbol anudado y la exposición de la cámara no provoca nada salvo en las cosas.


La foto dice: Asunción, Paraguay. 11 de septiembre de 1888.

sarmiento1

 

El cuerpo está ahora tendido sobre la cama de barrotes metálicos que no veo pero imagino blancos. Los pies sobresalen de la cama. Gordos. Hinchados. La sábana lo tapa hasta la frente pero la cabeza se delinea traslúcida por debajo, mórbida y enorme. Retumba hasta que lo blanco de la sábana se vuelve imperceptible.

 

 

Malena Velarde nació en Buenos Aires en 1988. Estudió Letras Clásicas en la UBA y actualmente trabaja en la desclasificación de archivos secretos de la última dictadura. Dirige el proyecto Relatos Libertadores sobre la memoria oral del bombardeo a Plaza de Mayo en 1955 con estudiantes y graduados de Filosofía y Letras.

 

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