Una lectura de El Tempe argentino por Luciano Guiñazú

En muchos aspectos lo que ha definido al delta en menor o mayor medida es su geografía. El Delta es, como si dijésemos, un laberinto que muta con el subir y el bajar del río, con bifurcaciones que aparecen y desaparecen conforme varía el nivel del agua, con zanjas que se convierten esporádicamente en canales y con canales que se pierden entre la maleza de un mes para otro. Pero también el delta está conformado por los ríos, y en él se dejan ver, ríos de paseo y ríos de circulación rápida o para deportes acuáticos, ríos por los que se mueven inmensas embarcaciones y ríos por los que no pasa ni un alma. Ríos que durante la semana son una cosa y durante el fin de semana otra. Que en verano son una cosa y en invierno otra. También zonas. Zonas de quintas, zonas selváticas, zonas industriales, zonas de recreo familiar, zonas de pesca, etc.

A lo largo de la historia, las mutaciones geográficas se complementan con las mutaciones políticas. En épocas de crisis la selva se traga todo, las casas se pierden entre la maleza, los muelles se derrumban en el agua, los canales se bloquean con la caída de los árboles, es decir, toda su geografía se retrotrae al momento uno, como queriendo borrar todo signo del paso del hombre. En épocas de prosperidad, en cambio, es como si la civilización intentara nuevamente adueñarse de esa parte de la barbarie, es como si la civilización iniciara de nuevo su campaña de conquista una y otra vez postergada y lo consiguiera aunque más no sea por un período corto de tiempo. De modo que durante ese período se reparan los muelles, se vuelven a poblar los ríos, se refaccionan o crean nuevas casas. En fin, un inmenso abanico de posibilidades y de realidades concretas que no siempre conviven de forma pacífica.

De entre todos esos deltas el más estable es también el más imaginado, el más estereotipado. Este delta imaginado se emparenta directamente con el río y remite a un imaginario largamente sostenido que transforma al Delta en una acción, la de “ir al río”. No todo el que va al delta va al río. Ir al río, se diría, es otra cosa. Para ir al río hay que tener tiempo, para ir al río hay que tener recursos y para ir al río, sobre todo, hay que tener una embarcación, no un bote, una embarcación.

Ir al río remite, entonces, a una acción más o menos concreta que sin embargo encuentra su fundamento narrativo en una noción difusa e inexacta que hace referencia tanto a un viaje como a un lugar enigmático y exótico. El río, en este sentido, no se define en tanto geografía sino más bien en tanto ideología, en tanto forma de aprehender el mundo. El que va así al río se escapa, se evade, se aleja por unas horas de la vorágine de la ciudad para ir al encuentro de la relajante naturaleza. Pero quien va así al río, en esta sintonía, va ante todo al encuentro de una visión. En esa visión el delta siempre se recorre, se conoce, se admira en un día de sol, si es de primavera o verano, mejor. Asimismo el delta es naturaleza pura, los animales andan libres, los peces abundan y las aves despliegan toda su gracia entre el aire y el agua. El viento es siempre una suave brisa, la vegetación es exuberante. Los hombres se ven poco y cuando se ven son siempre sujetos trascendentales, pertenecientes a otra época y espacio. En el delta no hay invierno, ni otoño. En el delta no hay crecidas, ni mosquitos ni víboras, ni jejenes ni ratas. En el delta no crece el pasto ni la maleza. En el delta, no hay tecnología. Así concebido el delta es comparable al Museo Nacional de Bellas Artes o al Museo Argentino de Ciencias Naturales, se puede ver pero no se puede tocar. Entre Prilidiano Pueyrredón y Florentino Ameghino, el delta se mueve entre lo pictórico y lo natural. La visión no es azarosa, tiene su lógica y su fundamento histórico, filosófico y hasta geopolítico. En términos geopolíticos, el delta, es propiedad de la ciudad, le pertenece a la ciudad como le pertenecen los museos, el teatro Colón o la avenida 9 de julio. Es su espacio de recreo y la ciudad lo quiere así, salvaje, insondable, exclusivo y para ser contemplado en una travesía, para ser explorado en una aventura y desde el agua. En un sentido más filosófico, el delta es la contracara de la ciudad, un recordatorio de la dicotomía fundamental que divide a esto de aquello, a la civilización de la barbarie. Está ahí, para dejar en claro que la ciudad está acá y que una y otra cosa, son diferentes. Finalmente, como metáfora histórica el delta pertenece a la prehistoria, es el antecedente de algo aún por descubrirse, aún por conquistarse.

El que va al río, entonces, va al encuentro de una visión y esa visión se inaugura con el Tempe argentino de Marcos Sastre. A medio camino entre el explorador, comerciante y aventurero ingles y los novelistas naturalistas franceses, entre Darwin y Emile Zola, el Tempe argentino se mueve siempre en un plano descriptivo. Todo en el delta está para ser contemplado, para ser admirado, para ser descrito y la descripción será minuciosa o no será nada. En el libro no se encuentra por más que se busque ni rastros del narrador, el narrador no existe, incluso cuando la escena se describe en primera persona, el personaje que describe, es antes que un narrador una parte del paisaje descrito, porque el delta no es una experiencia para ser vivida sino una pintura para ser contemplada. Con todo esto y a pesar de tratarse de una descripción, todo en este delta es artificioso, todo está exagerado, sobredimensionado. Y en gran medida esto tiene que ver con que en su afán descriptivo, el Tempe argentino, no pierde de vista nunca ni sin embargo, sus intenciones pedagógicas.

En efecto, el Tempe argentino, se expresa como ficción y como pedagogía. Acá se describe el delta, pero antes que nada se habla sobre la forma en que el delta debe ser entendido y enseñado, y hasta como debe ser aprehendido por la sociedad argentina, mejor aún por la sociedad porteña y bonaerense. Pero además, en tanto pedagogía, el Tempe Argentino, pone en cuestión la relación de la escritura con el estado. Y esto es una cuestión porque si el Tempe argentino se leyó hasta no hace mucho en la escuela normal y si el Tempe argentino hoy prácticamente no se lee, eso tiene que ver con que su relación con el estado ha entrado en crisis. Para decirlo de otra manera, el Tempe argentino es un texto que para permanecer, para mantenerse, para sobrevivir necesitó de ayuda y esa ayuda provino directamente del estado. Detrás del Tempe argentino hubo, prácticamente desde su aparición, toda una ingeniería política que le sirvió de sustento, una ingeniería política que se expresó en políticas de estado concretas (Así, prácticamente desde su surgimiento y por designio de Mitre, el Tempe argentino fue incorporado a la enseñanza como libro de lectura. Y así, por sostenimiento del estado, se mantuvo como lectura obligatoria en la educación media); hoy, por el contrario, el estado lo ha desestimado prácticamente por completo, a tal punto, que en una de sus últimas reediciones, también encarada por el estado a través de la biblioteca nacional, el Tempe argentino, figura no entre los fundamentales sino entre los raros.

En definitiva, el Tempe argentino, no es un texto fundante porque en términos escriturales no tiene ni la fuerza ni la densidad necesaria como para mantenerse en el tiempo. Y porque mucho menores aún son sus posibilidades de articular un mito en torno suyo que lo coloque por encima de sus deficiencias estilísticas. Por otro lado, el estado varió en los últimos años su política en relación al texto y finalmente, pero no menos importante, la visión que alimentaba con su escritura, está siendo puesta en cuestión por el propio sector que la sostenía. Expresión de esto son los emprendimientos inmobiliarios que avanzan de manera amenazante sobre el delta en la zona de Tigre, por caso Nordelta, como diciendo que la ciudad ya no quiere ir al rio, sino mudarse allá, instalarse. Así las cosas, el Tempe argentino es un texto que hoy prácticamente no se lee y es posible que en el futuro no se lea para nada, hasta se podría decir que sólo quedará de él lo que había en un principio, unas cuantas imágenes de un lugar idealizado que nunca existió.

Luciano Guiñazú nació en la Capital Federal en 1976. Es Licenciado en Sociología por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Es docente universitario (UBA-UPMPM). Ha publicado ensayos y narrativa en diversas publicaciones.

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