Editorial Nº1

Carapachay, o la guerrilla del junco

Carapachay surge como surgen todos los proyectos de este tipo, con algunos amigos reunidos nuevamente en un bar. La obstinación de un encuentro remanido, intempestivo: fábula y herencia. Y su deriva. Su volverse comienzo, origen de un trabajo insospechado, que no cesa, no puede detenerse. Mesas (esas) que no preguntan pero exigen, en aparente silencio, cómplices y testigos de aventuras derrotadas, de celebraciones tenues. Hasta aquí esbozos de lo que tiene que ver con ciertas condiciones formales, en lo que se refiere a la creación de una revista, una más, en nosotros, en una tradición que nos acosa.

En lo que tiene que ver con la substancia, con la materia, una serie de interrogantes recorrían aquellos encuentros. La pregunta por la Nación, sus imágenes, sus sentencias, por la literatura, por el cine, por la política, por la historia y por tantas otras cosas. Temas dispares y diferentes que sin embargo, no dejamos de pensar de manera conjunta, como si fueran parte de un entramado que constituye un todo particular. Una trama que se construye con diferentes hilos, con diferentes fragmentos. Había algo de eso en esos encuentros, pero las palabras trama o entramado, la palabra fragmento, dejaban lugar a ciertas suspicacias entre nosotros, se emparenta muy fácilmente a la idea de collage y de ahí se podía pasar de inmediato a la idea de construcción producto del genio, sin tiempo ni historia, ni espacio ni región y nuestros encuentros no circulaban por esos senderos. Como todo ya está escrito, como sentenció el célebre autor, fue de la sombra terrible de otro célebre autor que el nombre se nos presentó primero como metáfora y después como apuesta política. Carapachay era el nombre con que Sarmiento llamaba al delta, y el delta en su imaginario era mucho más que una trama, era una construcción, una construcción del carapachayo y de las aguas, del hombre y de la naturaleza, laboriosidad y sedimentación. Además el carapachay se construía lentamente, por acumulación, por decantación y por superposición. Todo eso arrojaba el Delta como metáfora y el nombre Carapachay le agregaba a la apuesta la densidad textual y la problemática que sólo Sarmiento puede darle a cualquier tema. El nombre de esta nueva aventura revisteril surge, entonces, de un conjunto de interrogantes, pero también de una búsqueda, de un problema y de un nombre propio.

Carapachay, la revista, esta/nuestra revista es, entonces, una condensación de factores disimiles, pero esa condensación no es caprichosa ni azarosa, encuentra su fundamento en un empecinamiento, el empecinamiento por aglutinar temas, el empecinamiento por no caer en la especialización y en la parcelación del conocimiento, el empecinamiento por rescatar de entre los detritos y sedimentos de la historia a aquellos textos y autores que conforman las arterias de aquello a lo que llamamos patria. Un empecinamiento que en fin es una resistencia, una resistencia que como la guerrilla del junco de la que también hablaba Sarmiento, sirve para defender el terreno ganado al río pero también y sobre todo como base para la creación de nuevos espacios, de nuevas islas.

Guiñazú-Ronsino-Russo

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