María Teresa Andruetto-Federico Falco

En febrero de este año convocamos a María Teresa Andruetto y a Federico Falco para participar del diálogo epistolar de este número de Carapachay. El tema que organizaría la charla era “narrar la provincia”. Un eje que, de alguna manera, atraviesa la obra de los dos autores cordobeses. La coyuntura del virus irrumpió en la vida de todos y el eje original, pensar la escritura en su relación con una zona geográfica, se terminó poniendo en relación con lo urgente. Pero, por sobre todo, este intercambio es una profunda reflexión sobre el proceso de escritura, sobre lo que significa, en definitiva, escribir.


Hola, querida Tere.

¡Tanto tiempo sin vernos! Y qué lindo saludarte ahora para pensar juntos esto de narrar la provincia, así como dicen los chilenos, justo ellos que solo tienen Regiones.

Antes que nada, confesarte el alivio al ver que el tema era “narrar la”,  y no “narradores de” la provincia.  Porque, como siempre que aparecen etiquetas, hay algo de la idea del “escritor de provincia” (para no usar el más despectivo “escritor provinciano”) que me incomoda hasta la exasperación.

Y es algo que no tiene que ver necesariamente con lo obvio, o con lo imposible que sería negar que me crié en un pueblo de Córdoba y que usualmente el paisaje de lo que escribo está alejado de los ámbitos urbanos, sino más bien con el tufillo de tranquilidad y simplificación que a veces huelo (o creo oler) en ese etiquetar.

El temor es siempre el de, al aceptar la etiqueta, estar haciéndole el juego a un mercado que necesita figuras de autor fácilmente identificables y reconocibles para poder venderlas sin tantas vueltas, o también, al aceptar la etiqueta, seguirle el juego al campo literario, que para poder mapearse tiende a, de alguna manera, encasillar, nombrar y agrupar en categorías.

Me fui de mi pueblo a los dieciocho, llevo más tiempo viviendo en ciudades que en el campo y hace ya ocho años que ya no vivo en Córdoba capital, es decir, que no vivo en “la provincia”. Pero todavía son muy escasas las veces en que la ciudad me interpela tanto como para darme ganas de escribir sobre ella. En cambio el campo, la montaña, el pueblo… como si todavía quedaran cantidad de cosas que digerir y drenar, una y otra vez vuelvo sobre ellos.

A esos paisajes de mi infancia –mi paisaje padre, mi paisaje madre-  me une una relación compleja, de dulce/amargo, de amor/odio, que sospecho todavía está lejos de resolverse o de encontrar un lugar cómodo donde aquietarse. Pero en cuanto tengo que hablar como “escritor de provincia” –y solo como eso- siento que toda esa complejidad se simplifica y se achata y pareciera que las únicas opciones del decir que me quedaran disponibles fueran las del cipayo o la del representante de una comunidad; las de la elegía o las del testimonio de quien escapó del infierno.

Y, para mí, haberme criado en un pueblo del sur de Córdoba no es algo a negar, pero sí es algo definitivamente mucho más complejo que esa serie de dualidades y dicotomías. ¿A vos también te pasa? ¿Cómo te llevás con eso?

Me acuerdo de haber leído algunos de tus libros cuando recién me mudaba a Córdoba y empezaba a tomarme en serio la posibilidad de dedicarme a la escritura. “Palabras al rescoldo”, del que leímos unos poemas en el taller de Lilia Lardone. “Pavese”, después. “Kodak” y “Stefano”, un poco más tarde. Y recuerdo el impacto que me causó encontrarme en esos paisajes, costumbres y personajes que vos tan bien ponías por escrito y que yo ya conocía pero todavía no había empezado a pensar como materia prima.

¿Y no es eso lo que deseamos cuando escribimos? Un encuentro con el que lee del otro lado. Pero un encuentro verdadero, más allá de las etiquetas, y un encuentro pleno: que alguien pueda leernos y al mismo tiempo se lea en esa particular complejidad que habitamos, que se reconozca y que nos reconozca, que podamos convivir en ese lugar incordioso y lleno de tensiones que de alguna manera somos, pero que no por eso necesariamente nos define.

No sé si es un ideal o un encuentro posible, pero sí creo que hay un gesto amoroso, de intimidad y riesgo, en el tender la mano hacia el otro, en escribirse y escribir el paisaje -sea cual sea- que se habita. Y por eso, tantos años después, te agradezco el haber permitido que, leyéndote, yo empezara también a leerme.

Te mando un gran abrazo,

Federico

***

Querido Fede,

También yo me pregunto acerca de todas esas preposiciones que podríamos anteponer a la tensión escritura/provincia. Yo me siento parte de todo eso, aunque aspire a no ser encasillada, harina de otro costal. La elección de un territorio de ficción emparentado con el real donde se han desarrollado nuestras vidas no solo es frecuente sino también productivo (Faulkner y su Yoknapatawpha, el Coronel Vallejos de Puig, la Santa Maria de Onetti, la pampa salvaje sin catequizar de Sara Gallardo, Le Langhe en Pavese, la Indochina de Duras, el Macondo de Garcia Márquez, en fin… todo eso que Saer llamo La Zona, me interesa mucho), creo que por atajos diversos todos vamos a ese lugar propio (provincia, pueblo, barrio, familia) para faltarle el respeto, en la quimera de llegar un poco más allá.

Cuando pude ordenar un poco las pasiones y la escritura empezó a ser más sistemática, los escritores cordobeses que yo descubría (poetas sobre todo, en ese tiempo había más poetas que narradores, porque no habían despuntado los proyectos editoriales que hoy hay en abundancia[i]) reflejaban paisajes y formas de vida muy distintos de aquellos de los cuales yo venía. Eran las montañas el foco de escritura, las serranías azules, bastante idealizadas. En general, los escritores/as no venían de los pueblos, menos aun de la llanura productiva, tan poco literaria. Fue en mi generación donde eso comenzó a ocurrir. Quizás el texto emblemático sea Puertas adentro[ii] de nuestra querida Lilia Lardone, novela en la que se vislumbran luces y oscuridades de un territorio que podría asociarse con su Hernando natal (¡con sus semejanzas con nuestros Oliva y General Cabrera!). Claro que hay otras y otros, pero rescato esa novela porque, me parece que pone un pivote en el camino.

Después, en la generación posterior a la mía -la tuya, ¡y también hay otra en el medio, mi dios Jesús! – eso se vuelve más frecuente, en especial -pero no en exclusiva- en narradores como vos y Luciano Lamberti, en algunos algo más grandes como Carlos Schilling, Federico Lavezzo, también en Pablo Dema, Flavio Lo Presti, Pablo Natale, Natalia Ferreyra… y ya antes -aunque mirando las miserias de un pueblo de sierras chicas- Eugenia Almeida. Nombro de memoria pero hay mucho más, siempre pensando en narradores, dejando afuera la poesía, porque también ahí -así como en el cine que se hace por acá- han ido ingresando como materia narrativa nuevos territorios. 

Tiendo a mirar el contexto en el que las escrituras surgen, y sé que nada es casual. En mi caso (tengo unos quince años menos que Lilia y más de veinte más que vos) y también en el de Lilia, comenzamos a publicar grandes (yo a los 40, ella a los 50), tal vez por esa razón me siento más cercana en asuntos, influencias y preocupaciones,  a la generación que me sigue -los de 50 y aun los de menos de 50- que a la anterior, al menos en lo que hace al panorama de escritores de por acá. Por otra parte, vine desde Oliva[iii] a estudiar a Cordoba en 1971; poco antes de venir, no sabía si mis padres -que deseaban que estudiara- podrían costearme estudios. Pudieron, con mucho esfuerzo de ellos y del Estado (Universidad pública, una cama en un cuarto compartido, comer en el comedor universitario, costearme los libros con clases particulares y pasar muchas horas en las bibliotecas de la ciudad), pero se pudo. Yo tenia 17 años. Casi cincuenta años más tarde, leo en las estadísticas que los primeros Setenta son los años que registran el mejor ingreso per cápita nacional en los sectores medios y bajos, los años en que ese ingreso alcanzo el punto mas alto. Ahora sé que por eso pude hacer la Universidad, que por eso vinimos a la ciudad muchas personas de mi edad pertenecientes a sectores medio/bajos. Vinimos y trajimos con nosotros a nuestras escrituras nuestros territorios geográficos, culturales y de clase. Diría que trajimos (con sus luces y sus sombras) cierta cultura bastante depreciada, el tedio de los pequeños pueblos, la melancolía de la llanura, un mundo de comerciantes, criadores de cerdos o de vacas, sojeros… Como de ahí veníamos, así leímos a escritores de provincias, tratando de entender. Moyano, Di Benedetto, Demitropulos, Conti, Manauta, Kordon, Gallardo, Orphee…, a Sara Gallardo, a Moyano y a Di Benedetto los leí a mis dieciocho, veinte años, cuando casi nadie los leía en ninguna parte, y a los otros apenas terminada la dictadura, mas de diez años antes de empezar a publicar; también a los norteamericanos (imposible olvidar la pregunta que le hace a Flannery o Connors a un grupo de incipientes escritores a quienes va a dar una charla después de haber leído sus originales: ¿dónde está acá la lengua del sur?). Después, algo de eso hizo escuela, se instaló en parte de la potente camada de escritores que siguieron, pero…¿se trata de nuestros territorios? ¿Se trata de una escritura de/sobre nuestros lugares? Si y no. ¿Es Cabrera el territorio de los cuentos de Un Cementerio perfecto, de 222 patitos, de La hora de los monos? Como bien te he leído en algunas entrevistas, si y no. Eso de lo que hablas, ese amor/odio, esa atracción/rechazo que te provoca “la zona”, esa opacidad llena de contradicciones que nos imanta porque quisiéramos también nosotros, junto con vos, comprender, comprenderlos, comprendernos, ¿es Cabrera? Si y no, porque la desobediencia a lo literal, a la mimesis, el desvío es lo que nos arrima a los lectores a la complejidad de un territorio alojado en la memoria que siendo de algún modo tuyo, hemos convertido en nuestro.

Bueno Fede querido, la seguimos en una próxima. Un abrazo

Tere

***

Querida Tere,

Ha pasado tanto en el entretiempo de este diálogo en diferido que nos dan las cartas: viajes tuyos, mío, vacaciones y ahora, anoche mismo, la situación surreal de un país entero escuchando a un presidente dar un discurso de esos que sólo escuchamos alguna vez en una película de Hollywood: pandemia, cuarentena, y aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Me cuesta hoy retomar el hilo de nuestra conversación. Releo una y otra vez nuestro intercambio de mensajes, y de pronto –contrastadas con las noticias, con esta crisis global, con las imágenes que llegan de una punta y otra del planeta- todas las ideas se me deshilachan o desenfocan.

Mi mente vuelve, una y otra vez, al discurso de anoche: es un discurso que solo podría haber imaginado en la cara y en la voz, en la pausa entre oraciones, en la mirada dramática de Morgan Freeman o Judy Dench parados detrás de un atril, mientras una música sombría sube rodeando sus palabras y los envuelve.

Y pienso en qué poderoso es ahora ver detrás de ese atril a un ser humano de carne y hueso. Un presidente que sale y habla desde su propia humanidad, trastabilla y no oculta el cansancio ni la tensión que en su voz y en su cuerpo han dejado los últimos días, el costo que ha impreso sobre su propia humanidad el tener que tomar una decisión así de difícil. No disimula su preocupación y su angustia y eso, en lugar de debilitarlo, lo engrandece. Hay en esa sinceridad algo que lo vuelve terriblemente creíble, cercano.

Tal vez la comparación es forzada, pero pienso en esa literatura de elegías a las montañas azules en las que me contabas que no podías leerte ni reconocer un paisaje propio y la pongo en contraste con Puertas Adentro, de la querida Lilia. Nunca voy a terminar de agradecer haber caído, de pura suerte, en su taller. No solo porque Puertas Adentro es una gran novela que le da voz a personajes y situaciones que podrían tranquilamente haber vivido y acontecido a la vuelta de mi casa, sino porque ella misma, con su mirada, sus devoluciones, sus comentarios hechos siempre desde la sinceridad más extrema me ayudó a de a poco a empezar a mirar lo cercano, hundir los ojos en eso, calibrar las palabras y narrarlo aunque no se sepa bien qué siento o qué posición tomar al respecto.

O lo pongo en contraste con tus libros, o los libros de gente de mi misma generación que poco a poco fueron apareciendo y a los que mencionas en tu carta y que tan bien narran el paisaje de esos pueblos de la llanura agropecuaria, sojera. Esa tensión constante, desde El Quijote, hasta acá, entre “arte” y “vida”. Y el riesgo, para los que escribimos, de dejar de alimentarnos de nuestras propias circunstancias y no escribir nuestro mundo, sino un mundo que leímos en un libro, que vimos en el cine: montañas de cuentos de hadas, presidentes de películas catástrofe.

Me gusta pensar en la escritura como un lento rumiar, una especie de larga digestión que nos alimenta y nos ayuda a procesar, a entender aunque sea un poco, a destilar lo vivido hasta volverlo algo con un cierto sentido, una cierta belleza capaz de ponernos en contacto con el otro, de conmovernos a nosotros mismos y a quien está del otro lado del libro. Pero no necesariamente, como vos bien decís, la escritura tiene que ser un compromiso mimético. Al fin y al cabo, en los terrenos de la narración, ficcionar es muchas veces la mejor manera no ya de decir la verdad, sino de ser sinceros.

En el fondo, también, es una cuestión de libertad. De encontrar una libertad propia desde donde poder dar cuenta de la propia historia y sus tensiones pero sin quedar preso de ella. Como en ese poema de Elena Annibali: “Si huyes / la zona te devora / si permaneces / la zona te asimila / te otorga la palabra hijo”, encontrar un justo medio donde la escritura no sea ni huida atemorizada, ni complacencia a cambio de cariño y contención familiar.

“Cuando en una familia nace un escritor, esa familiar debe saberse condenada” dice Czeslaw Milosz y tal vez a eso haya que resignarse y aspirar a la hora de sentarse a escribir. Una escritura que, más allá de dónde provenga, solo pueda ser escritura si por sobre todo antepone la libertad de su propio deseo.

Te mando un gran abrazo en estos tiempos de estar adentro.

Con cariño.

Fede

***

Cabana, Unquillo. 25 de marzo de 2020

Querido Fede

Extraño el tiempo, su espesor y su levedad es lo que más me asombra en estos días de cuarentena. Paso horas no sé bien en qué, en hablar o mandar mensajes a mis primas italianas (una de ellas, anestesista del Molinette, ya contagiada) y a un par de amigas de Madrid, una de ellas monitoreada varias veces al día porque tuvo contacto con una contagiada. Llamo a mis hijas, Josefina tiene fecha de parto para dentro de un mes, amigas de aquí que están solas, la amiga del sur que hace cuarentena con su madre perdida, la editora que vive con sus hijos en un departamento pequeño, sin patio y sin balcón, los amigos que estaban separándose de modo un poco turbulento y ahora tienen que hacer cuarentena en un monoambiente, la amiga cuya hermana, enferma terminal, no puede ver a sus hijos…, se va un buen tiempo en eso. También a mí me asombra todo lo que ha pasado en estos días, en el dialogo en diferido que dan las cartas. Nos hemos desacostumbrado a eso, a ese mundo de cuando yo era chica. A mi casa llegaban semanalmente cartas para mi papa, venían de Italia, de sus hermanos y su madre, noticias teníamos siempre, pero eran del mes anterior, así nos enterábamos de las muertes y de los nacimientos en diferido.

También a mí se me deshilachan las ideas; contrastadas con la pandemia, que importancia tendrá escribir en o desde o para la provincia, o en o desde o para cualquier sitio y destino. Tal como decís, todas las ideas pierden foco ante la hondura de lo que está pasando en el mundo que tendrá otras reglas cuando salgamos de esto.  El día de tu última carta fue el día en que (retomo tus palabras) un presidente nos habló desde su humanidad. Un presidente que sale, trastabilla y no oculta el cansancio ni la tensión que en su voz y en su cuerpo han dejado los últimos días, el costo que ha impreso sobre su propia humanidad el tener que tomar una decisión así de difícil. No disimula su preocupación y su angustia y eso, en lugar de debilitarlo, lo engrandece. No puedo dejar de pensar lo que hubiera sido de todos nosotros en otros momentos de nuestra historia, en momentos de Estado ausente o siquiera más ausente, pero volviendo a “lo nuestro”, a esto de escribir en provincia, me quedo con ese aprendizaje tuyo en el taller de Lilia (ese que no ahí -no había talleres cuando empecé a escribir-  pero que yo también hice), me refiero a volver la cabeza hacia lo propio, ese desvío (Perlongher) hacia la propia cosa (Lispector). Meterse ahí aunque el camino sea incierto o maltrecho, porque es por ahí que se va hacia (como en ese poema de Elena que citas) una escritura que no sea huida ni sea complacencia.  Me gustó mucho eso. La tensión finalmente entre “arte” y “vida”, ese rumiar, esa larga digestión de la que hablas, para lograr que algo de lo vivido se vuelva sentido. Ya sabemos que no hay una verdad, que la vida es insegura, inestable, cómo no iba a serlo la escritura. Tampoco yo creo en la copia, en la mimesis, creo en el trabajo de escritura, en la cocción que la escritura hace con la vida. Lo que me atrae: escenas que presentan un ligero desacomodo/ disfunción/corrimiento de lo habitual, o que contradicen preconceptos que hasta entonces yo tenía sobre ciertas cuestiones. No me interesa lo que escandaliza ni tampoco lo verdaderamente extraordinario, me atrae más lo que es apenas un poco extraño, lo singular que habita en la vida de todos y que sólo con mucha atención, a veces, se deja ver. La escritura es un alambique en el que se fusionan experiencia e imaginación, lo ficcional y la (propia) vida. Nunca escribí historias reales, pero tampoco puramente imaginadas; todo lo que hice, condensa situaciones que vi o escuché en tiempos diversos y también hay mucho autobiográfico que se filtra, pero nunca como un propósito sino de un modo que llamaría estallado, incrustado en miles de pequeñísimos fragmentos. Así pasamos de lo crudo a lo cocido; desde esa materia cruda que es la vida, que no está toda junta, que está dispersa y que la escritura cuece, fusiona, pero los caminos son muy diferentes para cada uno (tuve muchas oportunidades de comprobar eso en los talleres, muchos, durante décadas), entonces más que el camino importa el caminante (Murena). Hay quienes necesitan conocer el trazado antes de salir de su casa, saber hacia dónde van y como termina el recorrido; otros nos largamos por algún impulso que a veces llega y, como llega, muchas veces también se va. Soy una de estas. Lo que más me asombra de escribir es que por recorridos muy sinuosos, ciertos aspectos de mí que desconocía se las ingenian para salir a flote, cicatrizar o ponerse otra vez en carne viva; algo que se vuelve más humano, que –me parece- me vuelve a mí con mayor capacidad para comprender algo de mí y de otros…

Pero estábamos hablando de la provincia…pocas veces (o tal vez nunca) nombro a Córdoba en mis ficciones, pero ella está siempre presente (como Venecia en los relatos que Marco Polo le hace a Kublai Kan en Las ciudades invisibles), mis personajes están en algún lugar de esta provincia, o han estado por acá alguna vez, o descienden de gente que fue de aquí. Tengo siempre en la cabeza (y en el cuore) un triángulo hecho de tres lugares más o menos imaginarios, a veces cuatro: Tama/ Aldao/ Patagonia que de algún modo se corresponden con el noroeste (siempre pienso en La Rioja, tan central la influencia de su gente para mi), la Cordoba sojera (por entonces manicera y tambera) donde me crie y la Patagonia donde pasé parte del insilio y donde vivió y murió mi hermana. Los personajes que transitan por esos lugares siempre tienen alguna relación con Córdoba, con una Córdoba imaginaria, por cierto, una provincia de mi invención, pero, ya sabemos…la imaginación es un vuelo bajo, nunca se aleja demasiado de lo real y como dijo Wallace Stevens en su Adagia, lo real es solo la base, pero es la base.

Fuerte abrazo, querido Fede

Tere


[i] Cordoba tiene, aunque muchas de ellas sean muy pequeñas, más de cincuenta editoriales registradas.

[ii] Puertas adentro. Lilia Lardone (Alfaguara, 1998/ Babel, 2008/Comunicarte, 2016)

[iii] Pequeña ciudad situada en el corazón sojero de la provincia, distante 90 kilómetros de Cordoba capital y 140 de Unquillo, donde ahora vivo.

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