Los que se comieron a Solís por Ricardo Mariño

No son tantos los recortes que admite la narrativa argentina si a la exigencia de rasgos temáticos o estilísticos comunes también se pide legitimación por la vía de la calidad literaria. El recorte más citado suele ser el de la “narrativa rioplatense” (narrativa urbana: Arlt, Onetti y Cortazar, Borges, Castillo, Fogwill, etc), pero sin forzar demasiado las cosas se puede señalar otro recorte también con nomenclatura hidrográfica: el numeroso conjunto de cuentos y novelas que remiten a la llamada Cuenca del Plata, ese haz de fabulosas rutas de aguas que incluye los ríos Paraguay, Paraná, Uruguay, Río de la plata y el propio Delta, más sus numerosos afluentes, extraordinarios saltos y cataratas, que corren por cinco países. Desde el comienzo de la colonización la región ha prestado a la literatura su marco de exuberancia, belleza y repetida violencia, no solo la de sus aguas, también la del complicado devenir social y político que fue creciendo en sus márgenes.  “Ciclo” es la palabra que podría usarse en tanto  indica repetición,  “ciclo del Paraná” para condensar en un solo río, y “zona”, con valor específico producido en el interior de este recorte (“Discusión sobre el término zona”, de Juan José Saer), es la palabra que sirve para entender que lo geográfico no se puede delimitar con precisión, que la región incluye elementos que no responden a los patrones carácterísticos, y que al mismo tiempo el concepto abarca el paisaje y su metafísica.

Ya los primeros escritos, los de Ulrico Smidth, Alvar Nuñez Cabeza de Vaca o las cartas de los misioneros jesuitas dan cuenta de la cercanía singular entre exuberancia natural y violencia, a la que ellos mismos hacen su aporte decisivo con sus aventuras exploratorias, sus proyectos de explotación, sus enfrentamientos internos, la violencia simbólica del sustento religioso que apoya su expansionismo y la locura de sus propias acomodaciones mentales a la nueva realidad. La literatura que se fue gestando posteriormente fue fijando la mira en distintas escenas, los proyectos de escritura fueron cubriendo un espectro amplísimo de experimentaciones, mmpero la nota de la violencia reaparece de una u otra manera como fondo, como resto, o como materia.

“El río oscuro”, de Alfredo Varela, es la obra más abarcadora en el sentido de concentrar toda la historia de la región en el conflicto de un personaje. Escrita en 1943, tiene una estructura novedosa que comprende la propia historia de la yerba mate desde que era considerada demoníaca por los Jesuitas y la Inquisición, hasta pasar a ser “bendita” apenas empezó a expandirse como mercado de consumo. Intercalando documentos históricos, textos periodísticos, “voces”, y marcada por una suerte de observación de la selva como conciencia (“lo que ve la selva”), el hilo argumental sigue al protagonista, un obrero de los yerbatales. El mensú (la palabra viene de “mensual”), es reclutado bajo la forma clásica de la época (noche de borrachera, sexo y crédito) para despertar al día siguiente con endeudado con la empresa de la que quedará obligado a trabajar como semiesclavo.  Con ciertas reminiscencias faulknerianas, es una novela social y política, la primera probablemente que introduce la cuestión de la sindicalización. Violenta y poética, El río oscuro conecta con dos cuentos de otro escritor central de este recorte, Horacio Quiroga: “Los mensú” y “A la deriva”,  publicados en 1917 en el libro “Cuentos de locura, de amor y de muerte”, otro título que presta una definición a la producción literaria de esta zona.

Como aporte a la idea de conexión entre acontecer político y literatura, concerniente a este ciclo, hay que recordar que El río oscuro fue llevada al cine por Hugo del Carril con el título de “Las aguas bajan turbias”, y que el actor, cantante y director, figura cultural icónica del peronismo, amigo íntimo de Perón, durante el rodaje visitaba a Varela en la cárcel de Devoto. Había gobierno peronista, Varela, militante comunista estaba en Devoto en calidad de preso político, y Hugo del Carril eligió su libro para filmar y a al propio Varela para que colaborara en el guión.  El cine argentino encontró en la producción narrativa del Paraná el pie para abordar aventura, naturaleza, violencia, registro de lo social, historias que interesaran a un público más amplio. Acaso porque se trata de una literatura emparentada con la narrativa norteamericana, más visual, económica y sensible a los conflictos sociales, el cine se asoció a ella para evitar los decorados rococó y las largas parrafadas con que los actores solían parlamentar como por escrito, tratándose de tú.  A tono con los vientos políticos de la época y al crecimiento del público, el cine volvió la mirada hacia fenómenos sociales. Una pequeña muestra de esa colaboración entre la narrativa potente de esta zona y el cine, tiene que incluir  “Los isleros”,  estrenada en 1951 por Lucas Demare , protagonizada por Tita Merello, y basada en la novela homónima de  Ernesto L. Castro quien la publicó en 1943; “Rio abajo”, de Enrique Dawi , 1960, basada en el libro de Lobodón Garra, seudónimo de Liborio Justo, el hijo trotskista de Agustín P. Justo, y con participación  en el guión de Juan José Manauta; precisamente, otra obra excepcional que se puede inscribir en este conjunto es Las tierras Blancas, de Manauta (publicada en 1956), llevada al cine también por Hugo del Carril; “El trueno entre las hojas”, película de  Armando Bo (1958) se basa en un cuento de Augusto Roa Bastos, con Isabel Sarli como protagonista. La película que incluye el primer desnudo en el cine argentino.  La lista es extensa, se pueden sumar las películas basadas en obras de Juan José Saer,  y sin duda citar a  “Zama” , la novela de Antonio Di Benedetto llevada al cine por Lucrecia Martel. que también remite a la colonización y a las aguas de esta zona.

Aquel episodio en que “ayunó Juan Díaz y los indios comieron” (Borges, en Fundación mítica de Buenos Aires), aludido en el libro de cuentos de  María Esther de Miguel (Los que comimos a Solis), ha sido retomado  en versos y narrativa, pero sin duda tiene su expresión más alta en El entenado de Saer. En El entenado habla el único sobreviviente de aquel asado, el (en el presente del relato) anciano Francisco del Puerto, aquel joven grumete que vivió 10 años entre los indios colastiné, único español no puesto en la parrilla. La elección de ese episodio fundante de “su” zona, no es para Saer una oportunidad para dar cuenta de hechos históricos sino para poner en relación de trabajo restos de la realidad vivida por el personaje en su adolescencia con los mecanismos de evocación que tienen aprehendidas aquellas sensaciones. Que se trate de episodios sangrientos o de años de inmensas soledad y extrañeza, funciona como un fondo para apreciar mejor la perspectiva desapasionada que despliega este texto que ha sido nombrado como la novela filosófica de Saer, así como Nadie Nada Nunca, una de las novelas “políticas” de Saer, es asociada a la última dictadura militar a partir de la aparición en su historia de caballos muertos, sádicamente destrozados. Prácticamente en toda la obra de Saer están presente las aguas, no solo las de las costas del Paraná, que suelen ser locación de sus narraciones, sino en sus reiteradas menciones a Juanele Ortíz, cuya obra Saer asocia a los humedales de Entre Ríos.  Canibalismo y caballos muertos, ya que estamos, recuerdan un fragmento de Ulrico Smichd en el que dos soldados son ahorcados por las autoridades por matar y comerse un caballo, y esa misma noche sus propios cuerpos son comidos por otros soldados. Este episodio es retomado y convertido en cuento en el libro De la misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Láinez.

 La violencia de la Naturaleza y el río como amenaza aparece con particular dureza en textos como Piedra madre de Enrique Amorin; La inundación, de  Ezequiel Martínez Estrada;  el ya citado Los isleros, de José María Castro; La creciente, de María Esther de Miguel; El agua, de  Enrique Wernicke; El río, de Velmiro Ayala Gauna; Tres muescas en mi carabina, de Carlos María Domínguez; En las sombrías aguas, de Miguel Angel Molfino, y, entre tantas otras, Sudeste, de Haroldo Conti, otra de las obras excepcionales incluidas en este recorte. Hay algo que emparenta a Saer, Wernicke (sobre todo por su novela La ribera, que refiere a las costas de Vicente López hacia 1945) y Conti, y es la prosa mansa, bella en su precisión, sin apuro, con una inteligente problematización de la percepción, un fino uso de las prestaciones metafóricas de las aguas, y acaso en distintos grados, aquello que se llamó objetivismo francés y que probablemente solo Saer incorporara a conciencia.

La expresión “superación del regionalismo”, que parece hablar de dejar atrás el pintoresquismo, el color local, y la narrativa vista como colección de anécdotas curiosas, gracias a una especie de literatura con miras más ambiciosas, suele aplicarse sólo a escritores del interior, como si no fuera constatable el mismo fenómeno, especie de populismo literario, en grandes centros urbanos y particularmente en Buenos Aires. Acabo de leer un elogio a Selva Almada, otra muy buena escritora de esta zona, de aparición más reciente que los mencionados, en el que se aclara que pese a sus escenarios “de provincia”, su narrativa no es costumbrista. ¿Alguien aclararía que César Aira pese a sus escenarios porteños logra superar el colorido sentimentalismo de Carriego? Los buenos escritores del interior jamás tuvieron necesidad de “superar” esa debilidad porque nunca la tuvieron. En todo caso una productividad tan intensa como la señalada en este recorrido tiene todo tipo de ejemplos porque así de espurio suele ser el largo diálogo que va creando una construcción discursiva.

2 comentarios en “Los que se comieron a Solís por Ricardo Mariño

  1. Acabo de conocer la revista a través de Yaki Setton. Es interesante, como dice el editorial, que una trama sutil, ” como un susurro” atraviesa textos e imágenes.
    Marina Cortés

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