Poemario por Jorge Fondebrider

LÍMITES

Hay un momento en que las cosas empiezan a quedar atrás

y decimos, como en el poema,

hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo, etc.

No es cruel; apenas, cierto,

y miramos el reflejo que no es uno en el espejo

y el agua que gira en el lavabo para irse

y nos vemos envueltos en ese torbellino,

sin pausa, apenas aferrados de aquel borde,

de algún borde, una costumbre,

lo que dijiste un día con otra convicción.

 

MARE NOSTRUM

I. Delta del Ebro

Raches decían los carteles

y eran ráfagas brutales, mucha arena,

y el coche se movía. Dijo Andy:

“Mirá qué decadente arquitectura”.

Como de Miramar, le dije.

Volvimos atrás treinta veranos y a otros vientos,

a ráfagas que también eran brutales,

y justo pasamos delante de la casa.

De un tipo que paleaba

arena que sacaba de su casa,

exactamente igual que ahora nosotros

perdemos la memoria.

 

II. Memorial de Dani Karavan en el cementerio de Port Bou

Walter Benjamin no está.

Risas, fotos, también el memorial.

Se baja una escalera,

se apoya uno contra el vidrio

y así se llega hasta a otro mundo

y el mar se extiende a nuestros pies como una alfombra.

Estamos del lado de los vivos.

 

III. Perpignan-Narbonne

Desde el tren,

el rastro del viento sobre el agua

y los flamencos color rosa que buscan en el barro.

 

Y desde el tren,

un bote azul en medio de la nada

a la que llaman Peyriac de Mer.

 

O sea, el cielo dado vuelta,

volcado sobre el barro

en que flamencos buscan en medio de la nada.

 

IV. Costumbres de Nîmes

Un chico y una chica se saludan.

Se dan la mano, se despiden.

Dos pasos más allá, la chica da tres besos a otro chico:

a la izquierda, a la derecha y a la izquierda,

como pájaros que enlazan el cogote,

diría como garzas, delante de la Fleur

de Malt, un restaurante,

situado al otro lado del andén.

 

V. Marsella

Así se ve desde la ventana del hotel:

el mar parece un bosque de palos de velero.

Después, de las ventanas cuelgan sogas de las que cuelga ropa,

y hay dos que hablan en árabe,

y pasa un corso, y pasa un italiano,

tres chicos detrás de una pelota.

Alzo la vista al otro lado de la calle y veo

la inevitable vieja en el balcón.

Saludo con la mano. No me responde y entra. Vuelvo al puerto

como quien ve dos veces un fantasma de otro tiempo

y empieza a sospechar.

 

CATEDRAL

No hay reflexión sobre Chartres.

Al fin y al cabo, fe tiene cualquiera.

Pero hacía tanto frío.

Pobres patos.

 

VIÑAS EN INVIERNO

Las vides desnudas,

como encogidas de hombros

ante la manifiesta ausencia de las uvas.

 

RITMO CIRCADIANO

De vivir en París, podría decir

que el paso de los barcos y los botes por el Sena constituye

el ritmo circadiano que le es propio a esa ciudad,

y en Roma, en motoneta,

el ritmo está marcado por los pinos y campanas,

en Nápoles serían traghetti o aliscafi que surcan el Tirreno y van a Capri,

en Praga son los puentes.

Pero escribo en Buenos Aires y no es tan evidente

hablar aquí del ritmo circadiano que impone el colectivo.

Suena tan falso como quien dice potlach

sin haber leído a Marcel Mauss. Misterio

que se infla con misterio,

infatuación, miseria del misterio.

Para todo siempre hay público.

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