De la Plata y el Paraná Por Elvio E. Gandolfo

A veces los acompañantes del cruce del río entre Montevideo y Buenos Aires, que he hecho tantas veces, se me quedan adheridos a la memoria. Aquella vez era un grupo de mexicanos. Según entendí, eran viajantes de comercio, y la firma que los empleaba les había dado como premio un viaje que incluía Buenos Aires y al fin Montevideo. Me habían llamado la atención por la forma de hablar. Intercambiamos algunos datos antes de que el Buquebus se pusiera en marcha. Cuando al fin lo hizo, y veíamos alejarse los altos edificios empresariales que adornan la zona cercana al agua en Buenos Aires, me llamó la atención que de pronto se callaran, mirando fijamente el agua. Intercambiaron algunas observaciones en voz demasiado baja. Después siguieron unos minutos en silencio, con el ruido de los motores de fondo. Al fin uno de ellos, aquel con quien más había hablado, me miró a la cara y preguntó:

–El agua no está siempre así, ¿verdad?

No entendí.

–¿Así cómo?

–Revuelta. Marrón.

Tuve que decirle que sí, que el agua casi siempre tenía ese color. Se sintieron profundamente desilusionados.

Unos quince minutos antes de llegar a Colonia, hicieron buenas migas con un grupo de mujeres jóvenes. Pero mientras les seguía prestando atención, arruinaron toda posibilidad de entendimiento por el enfoque del “verso” para seguir con ellas. Era tan directo e irreductible como creer que las aguas del Río de la Plata tenían que ser tan cristalinas como sugería su nombre. Lo habían llevado bastante bien, aprovechando el interés que siempre despierta un grupo de extranjeros. Pero de pronto vi que reían con picardía y oí que uno de sus argumentos principales era que contaban con miembros sexuales de un tamaño considerable. La catástrofe fue silenciosa, y no advertida por ellos, aunque se podía percibir una de esas diferencias de código que liquidan una relación humana posible, aunque sólo una parte lo haya decidido, sin que la otra se dé cuenta.

Yo mismo tuve, no hace mucho, una charla curiosa con alguien que sabía bastante del río. Me dijo que, a pesar de su gran anchura, se trataba de un río más bien bajo. Me desilusioné un poco, debo reconocerlo.

–Se nota bastante cuando hay alguna baja de nivel considerable –dijo el que hablaba.

Entonces recordé algo. No sé si se trataba de un extranjero (usaba un castellano casi rioplatense).

–Ahora que lo pienso, es cierto –dije, mientras mirábamos las aguas detrás de las ventanillas–. Un escritor argentino que murió hace mucho, Rodolfo Walsh, estaba escribiendo una novela, que quedó inconclusa, donde un tipo cruzaba a caballo hasta Uruguay en una de esas bajadas.

La charla había comenzado al considerar que las embarcaciones de Buquebus, por ejemplo, tenían que seguir con cierto cuidado un determinado canal.

A alguien que ha nacido y se ha criado en el Litoral, no hay río del mundo que le haga olvidar el Paraná, sobre todo si es de las ciudades de Rosario, Santa Fe, Corrientes, y Paraná, valga la redundancia. Algo de eso le pasó a Juan José Saer cuanto escribió El río sin orillas, que le encargaron para que hablara del Río de la Plata y se las arregló para hablar un buen tiempo del Paraná. Así que le dije que aunque recién en ese momento me daban el dato concreto, siempre lo había sospechado, de un modo inconsciente. Cité en comparación los buques cada vez más grandes que circularon con el tiempo ante Rosario, algunos con una extensión de proa a popa que parecía acercarse a las de los buques oceánicos, tipo petroleros o cerealeros.

Como hace un buen tiempo que viajo por el directo de Colonia, en vez del directo Buenos Aires-Montevideo, hace mucho también que no entro por el puerto uruguayo. Lo extraño un poco. La ciudad tiene una bahía espléndida. La percibí para siempre desde un piso alto –tipo 18 o 20– de la Avenida del Libertador, donde estaba un semanario donde trabajaba. Era un día de viento feroz, algo bastante común en Montevideo. Si por una parte los diarios siempre sacan en esos días de alerta naranja o roja fotos del agua rompiendo contra la rambla espectacularmente, aquel día el secretario de redacción señaló el agua de la bahía, y me hizo notar lo serena que se la veía, excepcional en relación al resto, muy agitado.

El barco entra al puerto de Montevideo y uno percibe y prevé una ciudad marítima, bella, promesa que después se cumple en algunas partes y en otras no. Acompañan (no sé ahora) un par de barcos que parecen de la Segunda Guerra, sólidos y nostálgicos, de la marina nacional. Cuando uno va llegando a Buenos Aires, en cambio, lo recibe una línea de horizonte que se acerca, muy poco espectacular. De hecho lo que asombra un poco es el aporte puramente humano de los edificios con aspecto de serie policial americana, tipo gran ladrillo de vidrio negro, o muy lisos. Ni imagina siquiera la complejidad y el vigor de la ciudad que se oculta tras ese trazo de lápiz o de marcador negro. No ocurre lo mismo si se llega en avión, incluso de cabotaje, donde el sobrevuelo de la infinita manta de luces (la hora ideal es el atardecer tardío) emociona por su energía y resplandor, provocando ideas por suerte desprendidas de la mera tierra y el mero día a día.

A menudo, las aguas que desprende el enorme delta del Paraná sobre la ancha boca del Río de la Plata se mezclan de manera despareja con el agua salada del mar; muchas veces, frente mismo de Montevideo. Pude darme cuenta en el mismo piso alto, por el color distinto de cada una de las dos (más marrón la dulce). Aunque nunca llegaron al carácter cristalino, incluso argentino (en el otro sentido de la palabra) que esperaban captar los mexicanos aquel día.

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