Ruleta rusa por Damián Huergo

A Juan Bautista Duizeide.

I

Si querés contar la historia de este país, la de esta ciudad, tenés que empezar por el vicio; por sus efectos, sus héroes, sus caídos y sus veteranos, me dijo el negro Di Paola, antes de mirar una estrella huérfana en el cielo y hundir el remo en el agua, con precisión y sin fuerza, como si la pala de madera, reforzada por una lámina de aluminio en la punta, fuese un bisturí rasgando el centro de un cuerpo putrefacto, infecto, corrompido. Un cuerpo que en cada palada se abría en dos, y, al rasgarse, soltaba una especie rara de gusanos invisibles con un ala por cada lado. Chicas, imperceptibles, las alas de los gusanos se agitaban en un movimiento mecánico, repetitivo, hacia arriba, en vertical, hasta alcanzar mi nariz.

Esta ciudad se construyó acá, continuó el negro Di Paola, levantando las manos al cielo, y yo dudé si ese acá, que acentuaba en la última vocal como si estuviera clavando una bandera, hacía referencia al puerto, a la noche, o a las dos cosas. Su voz por momentos parecía bajar desde el cielo, en otros subir desde el barro. Su voz se imponía sobre la furia del remo y el agua, sobre el murmullo de la ciudad que nos rodeaba, sobre los murciélagos que nos zumbaban los oídos. La ciudad se va armando cuando no la miramos, siguió, cuando no puede ser vista, por eso es de la noche, por eso se hace durante la noche.

El bote de madera avanzaba sin luces, con el motor apagado, minúsculo en su movimiento, en la invisibilidad de la fuerza que lo hacía posible. Miré la escultura metálica que une las dos orillas, y pensé que si hubiese un hombre allí, acodado en la baranda del puente, respirando el cuerpo del río vencido, adivinando los signos encadenados en el pozo que se abría a sus pies, creería que el negro Di Paola, el bote y yo, éramos una mancha negra, amorfa, un punto más oscuro que la noche que lo contenía, una aparición inclasificable, una imagen que recordaría como parte de un sueño o una alucinación de drogas baratas.

Mi camino es de ida y vuelta, dijo, nunca me quedo del otro lado, menos demoro el regreso. Voy y vengo, como un tren, más puntual que Papá Noel como me dijo el rengo Suárez; siempre en los mismos horarios, por la ruta conocida, marcada, a la vista de todos para que nadie me vea. Laburo nunca me faltó; con los radicales, con los perucas duros, con los perucas blandos, con los chetos de Barrio Parque, con los milicos, sobre todo con los milicos. Yo los subo al bote, le pasó una franela a la tabla si los veo con la cara fruncida, y empiezo a remar. Si me quieren hablar entierro la pala con fuerza para que los salpique; por lo general no hablan ni miran ni susurran, y eso que subí más bichos que Noé. Transas, diputados, asesinos, amantes, guerrilleros, putas, putos, narcos, periodistas, lo-que-te-imagines. Para mi son todos iguales, todos hermanos, aceite quemado, viciado, vicioso. Por eso no me sorprendió cuando lo vi subir la primera vez ni cuando apareció en la tapa de los diarios. Es más, si te cuento cómo conocí a tu papá, o quién me lo presentó, te estaría mintiendo; y para mentir, pibe, ya estoy demasiado viejo.

II

Tardamos cuatro o cinco viajes en empezar a hablar, a decirnos algo más que un hola, un chau o un gracias republicano, dijo el negro Di Paola. Si no hubiese sido por esa tormenta que casi me deja el bote de sombrero, jamás hubiésemos pasado de un saludo, o de una puteada si aparecía algún problema con la guita. Como te dije, una de las condiciones para subir es que sepan habitar el silencio; la otra, que esté la guita por adelantado, sino ni suelto amarra.

Yo volvía del otro lado del río, continuó mirando la orilla sobre mi hombro; volvía de cruzar a un pibe, que si no rajaba, la cana lo tiraba a nadar con una bolsa de cemento atada en los pies. No iba a salir esa noche; las nubes negras anunciaban que iban a largar toda el agua que venían aguantando desde hacía días. Pero el pibe tenía una cara de susto terrible y no quería alimentar esta peste con otro cuerpo.

La lluvia, sabia, esperó para largarse a que pegue la vuelta; era una cascada que anulaba todo lo que tenía a más de diez centímetros de mis ojos. La corriente, terca como un inmigrante, empujaba con la fuerza de cien caballos subacuáticos, si es que algo parecido a eso existe acá abajo. Lo único que podía hacer era direccionar el bote con el remo, apuntarle a un pedazo de tierra, a una orilla, a cualquiera.

Aún no sentía el cansancio en los brazos, cuando vi detrás de las tiras de agua, a varios metros adelante mío, una luz naranja, pequeña, que alteraba la grisura del paisaje; un punto que se apagaba y se prendía, un faro intermitente, una luna roja que flotaba sobre el muelle. Mantuve fuerte el remo en el agua, con las dos manos, y torcí la proa hacia la luz, barrenando la corriente hasta que el barro, un tronco o la sirga me detengan.

A medida que me acercaba, la figura de un hombre se recortaba sobre la orilla; una sombra más negra que el río, con un lunar naranja a la altura de la boca. Se arrimó a la punta del muelle, un muellecito en verdad, y viendo las olas que se armaban al golpear la corriente contra la estacada, dijo “tirá la soga”. La revoleé hacia arriba, para que una punta se suelte como un brazo y pase cerca suyo. Tu papá la agarró con las dos manos, y la sostuvo tensa, inclinado hacia atrás, haciendo palanca con su cuerpo ancho y macizo, para que la corriente no se morfara el bote y lo que llevaba encima.

Mientras me paraba y trataba de domar el bote, lo vi hacer un nudo en el mástil; uno de esos nudos que no hace cualquier boy scout, que sólo se lo había visto hacer a un tipo que se la daba de espía de la naval. Cuando tu papá terminó el nudo, se sentó en el banco del muellecito descubierto, con la pierna derecha cruzando la izquierda. La lluvia no menguaba, cada gota era un canto rodado. Tu papá se pasó el brazo por la frente, como si pudiera secarse el agua de los ojos, y metió luego la mano en un bolsillo de su camperón negro.

Dentro de su mano gigante apareció una pipa tallada en madera y un encendedor. Yo me apoyé sobre un remo como si fuese una muleta, y vi la luna roja, la luz del faro intermitente, brillar dentro de la pipa que inhalaba tu papá. Lo hizo tres veces, aspirando el humo que le quedaba en la barba tupida, chupando suavemente, enardeciendo el tabaco. Antes de tirar la ceniza en el suelo, y de guardar la pipa en el bolsillo del camperón, me buscó los ojos detrás del aguacero; sin presentarse ni decirme dónde íbamos, me dijo “cuando quieras salimos”.

III

Un quilombo sindical tenía bloqueadas las entradas del casino del puerto, dijo el negro Di Paola, señalando con la pera el buque flotante, perimetrado por bombitas amarillas y blancas. La empresa, continuó el negro Di Paola alterando su contrato de silencio, había sacado las rampas de acceso, y, con los mercenarios de prefectura, había armado un cordón humano, alrededor del buque, para que no entren los crupiers ni los jugadores.

El problema era entre el sindicato del juego y el sindicato de los obreros marítimos. Un clásico peronista de encuadramiento gremial, con patotas fajando compañeros, la prefectura laburando para los dueños del capital y un paquete de guita de obras sociales disputado como fichas en la rula. El negro Di Paola debe haber leído la cartografía que armó mi cara, porque se detuvo un segundo sin quitarme los ojos de encima. Amagó a meter el remo en el agua, en esa alfombra turbia que tapaba la mierda de la ciudad, y dijo: Yo soy anarquista, pibe, como los verdaderos navegantes.

Luego, replegando los remos en el bote, dejando que avance al ritmo de la corriente suave y del último envión hecho con su fuerza, continuó: tenían bloqueadas todas las puertas del barco menos una, la que daba a la cubierta, a la que sólo llegabas por el río, por el agua negra, turbia. Adentro, la sala de dados, de blackjack, de maquinitas y de la ruleta, estaban abiertas. Hasta el bar, me contó tu papá, despachaba whiskies y tostados como si afuera no se estuviesen matando entre compañeros.

Los del casino habían dispuesto una flota de lanchas-taxi para llevar y traer a los jugadores. Sin embargo, tu papá dejaba que las lanchas partieran aunque estuviesen semi vacías, y me esperaba en el muelle, fumando su pipa. Lo llevaba de noche y lo iba a buscar de día, después de que el casino largara la última lancha-taxi y el sol creciera detrás de los ranchos de la orilla.

Si ganaba me daba un sobre con un montón de guita. Si perdía, también. Nunca podía distinguir cómo le había ido. Cuando le preguntaba me contestaba “como siempre”. Y luego, antes de bajarse, me daba una palmada en la espalda, dejaba el sobre sobre el asiento que abandonaba, y decía “mañana nos vemos, descansá negro”.

IV

¿Vos cuál de todos sos?, me dijo el negro Di Paola, mirándome por primera vez a los ojos, calibrando los suyos, como si intentara ver mi cara detrás de una supuesta nebulosa. El que tuvo el accidente seguro que no, continuó, tu papá me contó que quedó arruinado, que igual se lo merecía, que va a llevar de por vida una cicatriz como recordatorio. El negro Di Paola percibió mi sonrisa detrás de la oscuridad, un pájaro extraño que bajaba de la noche y se hundía en el agua sucia. Esperó a que pase el relámpago de su aleteo y siguió: Yo los conozco a todos, de lo único que hablaba tu papá era de ustedes, mejor dicho, de los quilombos que ustedes armaban. Para seguirle el hilo mientras remaba, continuó enérgico, me fui enterando de sus nombres y de sus cagadas, que en palabras de tu papá eran lo mismo. En los primeros viajes me volvía loco cuando lo escuchaba llamarlos por los genéricos: “el más chico”, “el más grande”, “el tercero”, decía. Pero tu papá no era ningún gil, sabía leer el silencio que yo dejaba ensanchar entre palada y palada; al rato, cuando ya veía las luces del casino flotante brillar sobre su cabeza, agregaba “el más chico del tercer matrimonio” o algún otro detalle que me permitía volver a subirme al relato.

Si sos el más chico, como decía él, entonces sos el que le regaló el libro. Una semana seguida lo llevó encima, en uno de los bolsillos del camperón, apretado como un revolver en su cartuchera. Una madrugada, con el sol alto picándonos el cuello, vi asomarse el borde del lomo, en uno de los bamboleos que hacíamos cada vez que pasaba una lancha-taxi. Le pregunté si lo estaba leyendo. Tu papá movió la nariz y juntó las cejas, armando una especie de artilugio con la cara para hacer contacto con mis palabras. El jugador, le dije señalando con la pera, el libro que tenés en el bolsillo, le remarqué. Tu papá se sacudió como si una ola hubiese pasado por debajo del bote, y se palpó ambos costados del cuerpo, del mismo modo que hacía para tantear la billetera. Cuando sintió el peso del libro en la mano me dijo que se lo había regalado el más chico, el más chico del tercer matrimonio.

Leí dos páginas y lo dejé, me dijo al rato. No dice nada de cómo ganar en la ruleta, menos sobre alguna estrategia para los dados. Mi risa debe haber sido ruidosa, de esas que te agarran desprevenido y te sacan por la nariz y la boca el aire avinagrado en el cuerpo. Tu papá, juntando las cejas como un puño, me preguntó si lo conocía, si lo había leído ya que me reía tanto. Le dije que sí, que de los rusos Dostoievski es el que me daba en el blanco. Tu papá siguió mirándome sin cerrar el puño que formaba con las cejas. Dejé crecer el silencio, mientras avanzábamos por el envión de la corriente, y le dije: el otro ruso que me gusta es Chejov; ese sí te lo recomiendo, en especial un cuento, uno cortito que lo lees de un tirón en un viaje al casino; se llama Tristeza, si lo encuentro te lo traigo. Dejá, me dijo seco, a la vez que fue desenroscando el puño que llevaba sobre sus ojos; cada vez tengo menos tiempo, agregó, mirando sobre mi hombro, alargando la vista hasta la cubierta trasera del casino flotante.

V

De lejos, con las ristras de lamparitas blancas y amarillas colgando por cada lado, el casino flotante parecía una torta gigante en la mesa de un cumpleañero deprimido. Hacia allá apuntaba la proa que cortaba el agua en dos. Yo no tenía del todo en claro qué buscaba en esa fachada, ni qué hacía en ese bote de madera precaria. Cediendo a los lugares comunes, por impulso del desconcierto, cuando me enteré de la muerte de mi papá, me propuse rastrear sus últimos pasos, con la ingenuidad de leer en falsas señales lo que nunca había sido dicho.

A pesar de que estábamos en febrero, una ráfaga fría calaba las partes desnudas de mi cuerpo. En un movimiento me subí la capucha del buzo, convirtiéndome en una especie de monje que esperaba recuperar cierto estado contemplativo. Atrás mío, el negro Di Paola apretó los labios simulando no padecer el esfuerzo de la remada en los brazos, tras diez horas ininterrumpidas de idas y vueltas como me había dicho apenas subí al bote.

¿Quién era en verdad ese hombre que sabía del accidente de mi hermano? ¿Qué más sabía de la guerra por la herencia? ¿Sería cierto que fue la última persona en verlo, en hablar con él, en darle un abrazo a ese hombre que nunca le había visto dar uno? ¿Se lo habrá dado en el muellecito o en la puerta del hotel? ¿Cómo fue ese abrazo? ¿A quién se lo estaría dando mediante el cuerpo de un extraño?

Las preguntas saltaban de mi cabeza hacia afuera del bote, hacia el agua sucia que amortiguaba su caída sin dejar una burbuja como rastro. Estábamos cerca del casino flotante; sus luces de neón proyectaban sobre el agua una estela larga y angosta que parecía formar un camino de ingreso. El negro Di Paola, que tensaba los brazos cada vez que la pala entraba en el agua, le apuntó con la proa del mismo modo que haría cuando llevaba a mi papá.

Mientras se arrimaba a la escalera que se desprendía del barco, incómodo por mi silencio prolongado o, quizá, para sacarse una mugre que consideraba ajena, dijo: Tu papá decía que la familia era como el juego, lo que te toca te toca y no lo podes cambiar. También decía que los hijos eran puro azar, por eso le gustaban, por eso los odiaba. También decía que ni la biología te podía ayudar a tantear la mano que te venía. También decía que de ustedes, de los seis hijos que tuvo, sólo uno era el traidor. También decía que, al igual que en la ruleta rusa, nunca pudo saber cuál de los seis era la bala. También decía que prefería tirar toda su guita en la ruleta antes que dejársela a sus hijos. También decía que ustedes, cada uno de sus seis hijos, le hacían acordar a él.

VI

La última madrugada que lo vi a tu papá, me dijo el negro Di Paola, me esperaba con la pipa en la boca sobre la punta del muellecito del casino flotante. La brasa naranja no brillaba. Al verlo desde el bote, pensé que estaba chupando restos de tabaco mezclados con ceniza. Estuvo un rato largo, concentrado, mirando las ramas y las bolsas de nailon que sacudía el agua. Tenía los párpados llenos de whisky y los ojos brillosos por el humo de las salas. Con las piernas apretaba un bolso de cuero negro; no se lo había visto nunca, menos unas horas antes cuando lo acerqué hasta el barco. Le estiré un remo para que se agarrara y, usándolo de baranda, bajó hacia el bote. Empecé a remar despacio, para no avispar a los de prefectura que venían hinchando las pelotas desde que habían arreglado con los del casino. Tu papá abrió el bolso y sacó un fajo de guita: no entraba en el sobre que traía para darme. Buscó en un bolsillo interno del camperón otro sobre del mismo tamaño y dividió el fajo en dos. Luego, sin dirigirme una mirada o una palabra, agarró el bidón de cinco litros con nafta que llevaba en el bote. Lo levantó calculando su peso y lo metió adentro del bolso. Con fuerza cerró el cierre metálico y, sin abrir la boca, tiró el bolso al agua. Ni siquiera giró la cabeza para ver cómo se hundía.

Como si no hubiese sido testigo de sus movimientos, con una mano de visera, me preguntó “conocés un hotel donde no haya buchones”. Asentí con la cabeza y lo llevé a la hostería de Aldo, en la punta opuesta de la orilla donde lo dejaba todas las mañanas. Tengo entendido que tardaron varios días en encontrarlo. Supongo que se dieron cuenta por el olor. Vos sabrás mejor que yo. Lo que pasó después fue aún más triste. Lo que menos hubiese querido tu papá era ser tapa de diario. Pero cómo le hacés entender a estos buitres que un tipo que gana una fortuna y luego se ahorca en un hotel de mala muerte, no es noticia. Igual, dudo de que tu papá se hubiese sorprendido. Como solía decir, uno propone y el azar dispone qué hace con los restos de cada uno.


Damián Huergo nació en Longchamps en 1983. Es escritor, docente y sociólogo. Ha publicado el libro de relatos Ida y la novela Un verano.

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