Unos días en el Segunda Hermana por Paulo Pécora

Las avispas entraban y salían de la casa cuando querían. Volaban dando círculos, casi siempre cerca de las paredes, como rozándolas con las puntas de las alas. Desde la ventana se alcanzaba a ver el río y, en la otra costa, a sólo unos metros, las cañas recién cortadas y un bosque tupido que se extendía hacia el fondo, muy pero muy lejos.
Hacía días que no había ningún turista en la isla. Sólo los isleños, los perros y él. Y esos bosques inmensos de árboles en permanente movimiento que iban desde la casa hasta ese lugar lejano donde el Paraná de las Palmas bordea el horizonte.
Ya a media tarde aparecían los pájaros, escarbando debajo del pasto recién cortado, picoteando lombrices, dándose un festín. El los miraba fumando, desde la escalera de la casa, absolutamente pleno con el cigarrillo en la boca, los pies descalzos y la brisa tibia acariciándole la cara. Después caminaba unos pasos, bajaba por la escalera del muellecito, tanteaba el agua para aclimatarse, y se metía de cabeza en el río.
Había unos bichitos muy raros, algo así como una especie de araña-mosquito sin alas, negros, minúsculos, que viajan por la superficie del agua casi sin tocarla, como flotando, pero con una velocidad de reacción y cambio de ritmo increíbles. Se quedaba un rato ahí, mirándolos y juntando saliva en la boca para ver si podía cazar a alguno con una escupida. Pero no lo lograba.
El primer día fue el más difícil. La lancha colectiva lo deja a uno en la orilla izquierda del arroyo Segunda Hermana, en el único lugar donde hay muelle, justo ahí donde se junta con el río Capitán. Es la parte más deshabitada de la isla y abundan la vegetación virgen y los mosquitos. Para colmo, la casa está del otro lado, con el arroyo de por medio. Y para quien llega ahí con lo puesto y sin conocer a nadie, cruzarlo no es demasiado sencillo. Hay que conseguir un bote. Y para eso hay que buscarlo y molestar a personas que lo miran a uno como lo que es, un ave de paso. A menos que se anime a desvestirse y tirarse al agua con las cosas hechas un bulto, haciendo equilibrio mientras se mantiene a flote hasta la otra costa, para que nada se moje o estropeé con el agua.
Un buen mate y un cigarrillo pueden ser los mejores amigos del hombre en estas circunstancias de aislamiento planificado. Mucho más que un perro. El lo podía asegurar. En las islas los perros son sus propios dueños. Amos y señores de sus vidas, van de acá para allá, vagabundeando por el bosque y la selva, nadando en el río, recostándose al sol, muy a sus anchas, sin que ningún hombre ande por ahí mandándolos. Se acercan un poco, aceptan de buena gana un pedazo de pan, pero cuando llega el momento de socializar, se olvidan de los modales y se van. Así que se las arreglaba solo, con un poco de yerba y unos cinco o seis cigarrillos por día.
A la noche leía. Y también a la mañana, muy temprano, apenas amanecía. Se levantaba de la cama tambaleando, caminaba descalzo hasta el río, disfrutando del rocío fresco sobre el pasto, debajo de sus pies. Se lavaba la cara y se ponía en la puerta, sentado en los escalones de madera, alternando la mirada entre las páginas de Sudeste y las ramas de los árboles movidos por las primeras brisas.
Si le apetecía, y si el ritmo de lectura se lo permitía, preparaba los primeros mates. A veces, mientras hubo, masticaba un pedazo de pan. Fuera como fuera, le gustaba leer a Conti, porque su libro evocaba lugares tan salvajes como ese, con seres tan solitarios como esos árboles, ese río y esos perros que ladraban muy de vez en cuando, a lo lejos, al paso de algún bote.
El viejo motorcito que bombea agua desde el río hasta la casa funcionaba a medias. La correa estaba tan gastada que, apenas lo encendía, resbalaba y se zafaba de la rueda. Intentó hacerlo funcionar dos o tres veces, pero al final se olvidó del asunto y, cada vez que necesitaba agua para el inhodoro o para lavar las verduras, agarraba una cacerola y un bidón vacío, los llenaba en el río, y sanseacabó. También se lavaba los dientes. Y cuando sentía que estaba muy sucio, agarraba el jabón y se daba un baño.
Algunas noches, cuando todo estaba a oscuras y únicamente se veía relampaguear a las luciérnagas, cualquier sonido, por más mínimo que fuera -una ramita quebrada por el viento, una hoja cayendo sobre el pasto, el zumbido de un mosquito- le parecía desmesurado en semejante inmensidad, acentuaba su soledad, le producía miedo.
Un día ocurrió algo extraño. Entre los árboles, no muy lejos de la casa, apareció un machete clavado en la tierra. Después de varias horas, cuando ya empezaba a oscurecer, el machete seguía ahí, erguido sobre el piso, solitario. Acá, en medio de la nada, es más que raro que alguien se olvide una herramienta tan vital como un machete. El hombre de las islas siempre camina con él en la mano. Es casi una extensión de su brazo. Un elemento imprescindible para abrirse camino. Sin embargo, misteriosamente, el machete permanecía ahí, clavado en el suelo, olvidado en ningún lugar. Lo alcanzaba a ver a lo lejos, desde una de las ventanas, solo entre la maleza, inquietante.
Dos días pasaron hasta que una mañana lluviosa, mientras observaba el cielo sentado en el piso de la casa, un hombre se acercó con su hijo y unos perros. Le preguntó de quién sería. El hombre le dijo que no sabía, que probablemente fuera de algún otro isleño y que lo mejor era dejarlo ahí, hasta que volviera a buscarlo.
Así son las cosas en la isla. Todo tiene su propio ritmo, sus propias reglas. Y él empezaba a entenderlo. De todos modos, al tercer día, no pudo aguantar la ansiedad, se acercó, miró hacia todas partes para asegurarse que nadie lo veía, lo agarró del mango de plástico negro y se lo llevó para la casa. Ya lo devolveré, pensó, cuando ese isleño o cualquier otro me lo reclame.
La isla lo fue envolviendo poco a poco con su silencio, con la espesura de sus bosques, con los quejidos de sus aves. Por la noche, si el tiempo era cálido, le gustaba tirarse al río y hacer la plancha, dejándose llevar boca arriba por la corriente, con los brazos extendidos, y observando las estrellas en el cielo. Había notado que si se quedaba mucho tiempo mirando el cielo, las estrellas se multiplicaban y podía contar muchísimas más que las que había visto un instante antes.
Los días se le hacían más largos, en la soledad de esa isla. Al principio, unos hombres venían a cortar cañas del otro lado del arroyo, justo en frente de la casa. Trabajaban sin parar durante horas, lloviera o hiciera sol, daba igual. Primero prendían una fogata con hojas verdes, para hacer humo y espantar a los mosquitos. Y luego cortaban la tacuara y la apilaban a un costado, prolijamente. Pero después de un tiempo ya no volvieron. Y por ahí no pasó nadie más. Por eso, a veces sentía la necesidad imperiosa de ocuparse en algo. Para matar el tiempo y no sentirse tan solo.
Se distraía con cualquier cosa. Leía, cocinaba, lavaba los platos, cocía los agujeros de la ropa o se internaba en el bosque, entre la maleza, sin saber muy bien qué buscaba. Se acostaba temprano e intentaba dormirse pronto, tratando de perderse en algún sueño acogedor, en algún viaje agradable. Y a pesar de que se sentía como un punto en medio de la nada, lejos de todo y tan indefenso como uno de esos insectos que chillaban ahí afuera, entre los árboles, no la pasaba mal. Sólo estaba deshabituado.
Todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches parecían las mismas. Desesperadamente idénticas. Salvo por pequeños cambios que él mismo les imponía, para no sentirlas tan monótonas y no aburrirse tanto. Y pese a que todo aquello le parecía a veces una postal detenida en el tiempo, siempre con el mismo paisaje desolado, no había nada en la isla que no estuviese en permanente movimiento. Lo descubrió tarde, es verdad. Pero cuando entendió el mecanismo ya no pudo evitar leerlo en todas partes. En cada pequeño gesto de las hojas sobre el pasto, en cada mínimo aleteo de una paloma, en cada copa de árbol mecida por el viento, en cada insecto que se agitaba sobre las ventanas. La isla misma es movimiento, pensó. Desde sus raíces más profundas hasta la copa de su árbol más alto, desde un extremo al otro de los ríos que la cruzan. Puro movimiento.
Antes de partir, tomó el machete y lo clavó en el mismo lugar donde lo había encontrado. Durante esos días, nadie había venido a reclamarlo. Por ahí no había pasado un alma. Pero él ya entendía cómo eran las cosas en la isla. Cuando lo necesitara, su dueño volvería por él. Quizás mañana, quizás en una semana, quizás dentro de un año. Así que juntó sus cosas, ordenó un poco, cerró la casa con el candadito y se marchó. Tuvo que volver a desvestirse y nadar hasta el otro lado del arroyo, haciendo equilibrio con sus bultos en el aire.
Unos momentos después encendió un cigarrillo en el muelle del Segunda Hermana, mientras observaba el río y esperaba la lancha colectiva de las siete de la tarde. La última lancha del día. Su única esperanza de regresar a la ciudad, a su verdadero hogar, muy pero muy lejos de allí.

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