La curiosidad de las libélulas por Federico Bianchini

Sentado en el lugar del acompañante, lo oyó acomodar los bolsos en el baúl.

—Hacía mucho que no viajábamos juntos en auto—dijo el padre y antes de encender el motor, le pidió que se pusiera el cinturón.

El jueves, lo había llamado. Quizás valía la pena volver a la quinta. Él había respondido que sí, sólo porque no se le había ocurrido ninguna excusa. Y ahora, en el silencio de la avenida, pensaba en el aire tibio de aquellas tardes húmedas, la ropa pegada a la piel, el olor a tierra mojada, los sapos enormes que apenas podían moverse, el gusto amargo de los nísperos, la curiosidad de libélulas y libélulas que flotaban entre ellos, se paraban inquietas sobre una rama o un brazo hasta que uno, él aunque más chico, lo movía y entonces el insecto volvía a flotar en ese aire denso, amarillento y pegajoso que suele cubrir algunos recuerdos.

La tristeza del río y las brazadas eufóricas cuando algo, tal vez una rama, rozaba una pierna o un brazo debajo de la turbiedad. Su abuelo diciendo que tuvieran cuidado con las anguilas, traicioneras, que se esconden ahí abajo, en los huecos del barro. La vez que buceando a oscuras, tanteó el fondo y sacó una lata oxidada; el crepitar del fuego en la parrilla debajo de un pez marrón de sabor acuoso e iridiscente.

—¿Qué te pasa?

La camioneta subió a la autopista. Detrás quedaba la interrupción de los semáforos. La aguja del velocímetro se movía hacia la derecha.

—Pensaba en qué momento dejamos de ir a la quinta.

—Unos meses después de que muriera el abuelo.

Las rayas del pavimento se sucedían rutinarias como se suceden los días cuando uno es chico. Casi sin darse cuenta.

—Yo era chico.

Se quedaron callados por un momento.

—No teníamos auto —dijo el padre y prendió la radio. Una mujer cantaba en francés. Parecía suspirar. El padre tocó un botón y subió el volumen.

Pensó si se acordaba de todo eso o en realidad había construido los recuerdos con lo que le habían contado, con fragmentos de historias que ahora acomodaba transparentes unos sobre otros para mirar a trasluz. No quería hablar, le gustaba oír el sonido ronco del motor.

—¿Qué te acordás de la quinta? —dijo el padre.

—Poco —dijo él.

Pensó en la palidez de los álamos, el reflejo verde de la pileta en invierno, levantar la cabeza hasta apoyar la nuca sobre la espalda buscando el final del pino, allá arriba, entre las ramas con punta; a su padre sin camisa, en pantalones cortos, con un enorme sombrero de paja, la sonrisa para la foto, los tangos susurrados de la abuela, el olor a menta, todo aquello que quizás por tan lejos e inalcanzable le hacía pensar en la palabra felicidad.

—Pero algo te debés acordar.

—Yo era chico.

Las maderas mal pintadas del muelle, las manchas marrón arcoíris después de que pasara una lancha y el río se moviera con el olor de la pintura fresca. Detenerse, la tanza en la mano mirando con fijeza la pequeña boya anaranjada atento a cualquier tirón, por débil que fuera, señal de que un pez o un alga desorientada se habían anudado en el anzuelo.

—¿No te acordás cuando íbamos a pescar?

—¿Con el abuelo?

—A veces íbamos también con el abuelo.

Un auto rojo los pasó por la izquierda.

—¿Ya no se puede uno meter en el río?

—Ya no.

En la radio, un hombre hablaba sobre un festival de doma. Su padre cambió de estación.

—A veces, si el día estaba lindo hacíamos asados. Tu mamá se encargaba de las ensaladas.

—¿Cómo se murió el abuelo? —dijo él.

Su padre pareció molestarse con la pregunta. Puso una expresión extraña. Luego, con la mirada hacia delante, le contó que su abuelo había descubierto a dos chicos subidos al árbol de enfrente de su casa. Les preguntó qué hacían, les dijo que se bajaran de ahí: era peligroso. Los chicos, que habían empezado a cortar una rama, se fueron corriendo.

—Tu abuela me llamó y me pidió si podía ir a cortar esa rama.

Pero ese día no había ido.

—Quizás fue por el esfuerzo. Tal vez, porque ya estaba viejo —dijo el padre.

Quietas, al costado de la ruta, varias vacas pasaron de largo.

—Siempre me pregunté qué habría sucedido si yo hubiera cortado esa rama.

El día de la muerte de su abuelo llovía. Se acordaba porque había vuelto del colegio con un amigo y en la esquina de su casa, frente a la pescadería, habían luchado con los paraguas. ¿Y si voy a comer a tu casa?, le dijo el otro. Y él, que mejor no. Que mejor otro día.

—Vos no tuviste la culpa.

—A veces lo que importa no es tener la culpa, sino sentirla —dijo el padre.

En algunos momentos, se preguntaba cuántos de los errores de su padre había repetido, cuáles no tendría posibilidad de evitar. Lo veía como un hombre triste. Hubiera querido poder decirle: papá, ¿en qué fracasaste? ¿Por qué fuiste tan infeliz? Pero no dijo nada. Sólo bajó la ventanilla y cerró los ojos. Le gustaba sentir el viento en la cara.

—Mejor, subí la ventana —dijo el padre. —Ya falta poco para llegar.

El reflejo del sol en las telas de araña, el olor de los jazmines, su risa.

—A veces pienso en mamá.

Un auto gris se les puso delante. Pareció que no iban a llegar a frenar, pero justo antes de que chocaran el auto gris volvió a su carril.

—¡La puta que te parió! —gritó el padre hacia la nada.

Al costado de la ruta, quieto en una reposera, un hombre vendía melones mientras miraba el cielo.

—Podríamos comprar pan y fiambre.

—No tengo mucho hambre, yo —dijo él.

La camioneta tembló al salir de la ruta. Avanzaron por un camino de tierra, difuso por el polvo.

El padre estacionó frente a un almacén. Él dijo que prefería esperarlo.

No se acordaba cómo se había enterado de la muerte de su abuela, aunque se vio acostado en la cama llorando, la cabeza debajo de la almohada.

No más cafés con leche del color del río, ni granos de sal debajo de la lengua, ni yoga, pescados fritos, frescos, nada de eso. No más sueños interrumpidos por su voz, los miércoles desde la cocina, ni el olor a humedad del delantal, ni tuco, ni pesto, ni rosas con perfume de rocío, ni té de pétalos para el dolor de corazón. Ni el loro gritando desde el fondo hasta que ella le pedía silencio o se acercaba, semillas de girasol, o un dedo entre los barrotes de la jaula, acariciándole la cabeza, qué pasa, Lucas, qué pasa. Tranquilo, eso, tranquilo y el animal, dócil, la lengua anochecida, el pico despiadado de ternura. No más Gardel desde la radio, ni domingos en la quinta, ni rulos blancos ni nada.

Su padre lo sorprendió al abrir la puerta. Subió a la camioneta y dejó la bolsa verde en el asiento de atrás.

Recorrían el pueblo. Él no recordaba haber estado ahí.

—Pasamos por la casa, armamos los sándwiches y los llevamos al muelle —dijo el padre—¿De esto te acordás?

Él negó con la cabeza.

Unos metros más adelante, vieron el portón roto, la cadena en el piso. Estacionaron y caminaron hasta la casa, erigida sobre pilotes.

Los pastos tenían más de un metro de alto. La puerta de la casa estaba abierta.

—Esperá —dijo el padre y entró primero.

En el piso había vidrios de botellas.

—Rompieron todo —dijo y la voz reverberó en la habitación sin muebles.

Alguien había escrito con tinta negra: “Lucifer ha caído”. En el baño faltaban el inodoro y la bañadera.

—Bajemos —dijo el padre.

No encontraron las mesas, de cemento y azulejos de colores, empotradas en el suelo.

Dentro de la pileta sin agua había revistas, comida, restos de una heladera y hasta una enorme rueda de camión, un televisor roto.

—Vamos al muelle.

Allí, tampoco había puerta. Del otro lado del río, un hombre sacaba unas bolsas de una lancha.

—Volvamos —dijo el padre.

Caminaron hacia la casa. Hacia lo que quedaba de la casa.

Antes de que llegaran a la pileta, el perro salió de entre los matorrales. Agazapado, gruñía. La mirada escondida, los colmillos.

—Movete tranquilo —dijo el padre—. Como si no pasara nada.

Él se quedó quieto. Vio al padre caminando despacio, hacia atrás. Cuando el padre empezó a retroceder, el perro dejó de gruñir pero lo siguió, como si lo estuviera controlando. Pasó la pileta, la casa, y se sentó junto a la puerta. A él, parecía no verlo. Sólo se puso de pie, después de que arrancaron.

El padre dijo que irían a la comisaría a hacer la denuncia. Por la ventanilla, él miro hacia atrás. La cadena en el piso, los pastos altos, el perro, la puerta rota y más allá, el muelle desvencijado sobre el río, la sombra movediza de los árboles y los recuerdos opacos, lejanos, cubiertos por el polvo del camino.

Federico Bianchini (Buenos Aires, 1982) es editor de la revista Anfibia y colabora en diarios y revistas de Latinoamérica y Europa. Fue redactor del diario Clarín durante cinco años. En 2010, ganó el premio Nuevas Plumas organizado por la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil. En 2012, fue elegido por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano para participar en el encuentro “Nuevos Cronistas de Indias”, en México DF. En 2013, obtuvo el premio Don Quijote Rey de España.

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