El bosque, negro también Por Verónica Stedile Luna

Una lectura ya recorrida muchas veces es la que entrama tres obras claves de 1926: El juguete rabioso, de Roberto Arlt; Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, y Los desterrados, de Horacio Quiroga. La irrupción de una lengua urbana que desconoce toda regla clásica acerca de cómo deben hablar los personajes según su condición social, e inventa descripciones de una ciudad alterada por formas y colores rabiosos; la lengua del pacto liberal por el cual la figura del gaucho se reconvierte en un racimo de valores desprendidos de conflictividad histórica; la lengua de frontera, donde las voces se transforman en un espacio de transacciones sin reglas (excepto “la esclavitud del trabajo, para el nativo, y la inviolabilidad del patrón”, según afirma el narrador de “Los desterrados”). 1926 como año de reconfiguraciones en los imaginarios. Esas tres lenguas despuntan a su vez los territorios de trincheras: la ciudad, el campo, el río y la selva. Esos son los grandes territorios de la literatura argentina.

Casi diez años antes, en 1917, Quiroga publica “A la deriva” en Cuentos de amor, de locura y de muerte, libro más conocido por “El almohadón de plumas” o “La gallina degollada”. Como el reverso de las extensiones amarronadas, verdosas y celestes de la pampa, sobre la cual se asentaba gran parte del mito literario, desde La cautiva hasta las reescrituras del delirio en autores como Saer o Aira, Quiroga hace del espacio fluvial una topografía cromática capaz de narrar los hechos. Son los colores, violeta, negro y dorado, los que marcan el ritmo del relato.

El hombre y el Paraná son los dos personajes del cuento que ya desde entonces contenía una de las obsesiones de Horacio Quiroga en torno a los vínculos nunca armónicos entre naturaleza y humanidad. Con el recurso de la anáfora, los tres primeros párrafos comienzan de la misma manera, “El hombre”; hasta que nuestro personaje deja de sentir su cuerpo y el Paraná nos anticipa el final. De los puntitos violetas en el pie, el sabor metálico en la boca, el cuento se entrega a la descripción del río como un féretro:

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también.

En este párrafo el ojo se independiza del paisaje como referente y se desplaza a la narración. “El bosque, negro también”; ¿qué clase de mirada diría eso de un bosque selvático? El hombre ya ha hecho todo lo posible por vivir: correr a la casa, reclamar caña, lanzarse a la canoa, detenerse en lo de su compadre Alves al grito de ayuda, volver al río, solo. Ahora el paisaje es la voz narrativa, pero no como prosopopeya, máscara que habla, sino por densidad. Como buen lector de Poe y Baudelaire, Quiroga manejaba el espesor de las descripciones, y el desplazamiento de los sentidos.

No hay paisaje de la contemplación, excepto para la muerte consumada. Entonces el río deja de ser “incesantes borbollones de agua fangosa” o el “fondo de una inmensa hoya” y se vuelve “de oro”; una pareja de guacamayos pasa volando hacia el Paraguay y del monte emergen efluvios de azahar y miel silvestre. Como si los personajes señalaran una particular posición vital y trágica: en lo que vive hay lucha, conflicto; la contemplación es la muerte de la cosa.

 Pero en este final de un cuento con arrastre modernista, irrumpe el trabajo; a diferencia de João Pedro y Tirafogo en “Los desterrados”, quienes mueren imaginando que han llegado a la tierra natal, nuestro personaje muere recordando cómo había conocido a su ex-patrón Dougald. ¿Qué tipo de crueldad narrativa hace eso a un hombre que trata por todos los medios de salvarse? Mientras se está a la deriva se piensa en un “míster” y en el recibidor del obraje. Si hasta entonces el cuento había anudado una forma particular de experiencia y territorio, ahora nos pone al borde de la intimidad que arrastran los últimos recuerdos de un hombre. “A la deriva” cuenta demasiado poco de este hombre sin nombre, y a la vez demasiado mucho. Como en otros relatos de Quiroga, la lucha por la vida está ligada a los eslabones del trabajo, que por supuesto llevan consigo las deudas, las palizas, la fiebre, el alcohol, las huidas, las armas pobres, las embarcaciones. Pero pocas veces hay un afuera del trabajo. Una cosa es clara: en el río no hay consenso. En el río no hay contemplación ociosa. Toda vez que estamos frente a él estamos frente a las turbulencias del tiempo histórico.

Un anacronismo. Cómo no pensar en esos relampagueos, fulgores, las sensaciones metálicas, los violetas, dorados, negros, una descripción como la que emprende Arlt de la ciudad con formas y colores que aparecen donde no deberían; cómo no pensar en Alves, “compadre, no me niegue este favor”, el salvataje de último momento, emparentado con un Erdosain humillado pidiendo ayuda al farmacéutico que le dice “Rajá, turrito, rajá”.

Un conjuro. El agua puede contar la historia negada de un país agro-exportador, a pura soja y quita de retenciones. El río, como se dice, siempre estuvo. Con puertos turbulentos, peleas atroces, vidas ignotas e infames. El río puede ser la utopía incumplida, el ocio plebeyo, la imaginación conspirativa de luchas libertarias, terreno del esoterismo, o el enclave mortuorio de esclavitudes y genocidios. En esa oscilación, el río se vuelve zona de tránsitos y transacciones donde el deseo (el agua siempre trae algo de eso) puede abrir espacios no previstos por los poderosos de siempre. “En el límite del río seco / el comienzo del desierto; / el aura de ausencia / como un reclamo silencioso”, comienza un poema de Alicia Genovese en Aguas, que culmina: “El desierto no es la nada / es lo dejado por el agua, / el corazón prolongado que amarillea / y se perpetúa en intentos”. La ideología del desierto no puede ser repensada sin el poder del agua, la fuerza de lo fluvial que interrumpe la ilusión de grandes extensiones delimitadas con alambrados simétricos. Y ahí otra vez Quiroga; hay que leer El desierto (1924) para entender a qué o a quiénes están respondiendo esos personajes y sus vidas

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